En 1967, en Inglaterra, se cruzaron por primera vez. Fue cuando Susan Mary Wright, una delicada y atractiva mujer, de gestos suaves y cabellera larga y rubia, entonces de 30 años, puso en manos del trenquelauquense Héctor “Gordo” Barrantes, la copa de un torneo de polo que con su equipo había obtenido en tierras británicas.
Ambos tenían sus vidas normalmente resueltas. Ella, casada con el mayor Ronald Ferguson, una relación de la que nacieron sus hijas Jane y Sarah. Esta última, adquiriría notoriedad años después al contraer matrimonio con el príncipe Andrés, segundo vástago de la Reina Isabel II y de Felipe de Edimburgo, aunque luego el vínculo se deterioró y culminó en divorcio.

Barrantes, en tanto, vivía sin sobresaltos en una quinta en Trenque Lauquen, en compañía de su mujer, Luisa James, y eran frecuentes sus visitas al Reino Unido para competir durante las temporadas de polo, deporte en el que ostentaba un respetable 7 de hándicap.
Pero la sensación de que se controla el destino es apenas una ficción. El azar suele desviarlo de sus rutinarios caminos, modificando conductas y vidas. Susan rompe su matrimonio con Ferguson, divorciándose, y Barrantes sufre un violento choque conduciendo su automóvil por la ruta 5, en cercanías de Pehuajó, de resultas al cuál fallece su esposa Luisa. La colisión produjo otras desoladoras consecuencias, ya que además la mujer perdía un embarazo de seis meses, y a Barrantes, las fracturas padecidas, le impidieron continuar jugando al polo.

Separadamente, a ambos los unía una pasión: el caballo. Ella, que venía de una tradición familiar de campo y equinos, solía competir en saltos y participaba de cacerías, y él, imposibilitado de continuar practicando su deporte favorito, optó por algo sucedáneo y muy rentable, donde alcanzó gran éxito: la cría de ejemplares, que vendía tanto en transacciones privadas como en remates públicos, a la elite del polo mundial, incluidos patrones y polistas de renombre. Algunos de sus caballos fueron destacados como los mejores en distintos torneos.
A Susan la atraía la Argentina. Quería conocer en sus mismas entrañas a la capital mundial del polo. Ya había viajado por semanas en un par de ocasiones, incluso residiendo en el mismísimo Hurlingham Club, de honda raigambre británica, y apreciar de cerca el juego en sus canchas, donde se desarrolla una de las instancias de la Triple Corona, junto a las de Tortugas y Palermo, un conjunto de escenarios que conforman el máximo galardón de ese deporte en nuestro país.
DEL PALACIO AL CAMPO
Ella divorciada y el viudo, sintieron en sucesivos encuentros que, en definitiva, no eran más que dos ramas de un mismo árbol, sólo a la espera de la certeza de un designio. Y en octubre de 1974, Susan empacó en Londres todos los placeres de la realeza, para recalar en Trenque Lauquen y compartir con Barrantes, el hondo amor de pareja, y el nuevo desafío que le imponían las costumbres rurales con un idioma que apenas balbuceaba.

Atrás, quedaba el boato de las coloridas fiestas de largos vestidos y finas joyas en el Palacio de Buckingham, en compañía de sus consuegros, la Reina Isabel y el príncipe de Edimburgo. En adelante, sólo alpargatas y jeans para ocuparse de las tareas propias de la explotación en “El Pucará”, en el partido de Tres Lomas, adonde viajaban diariamente para recorrer los casi 100 kilómetros que separaban al campo de Trenque Lauquen, hasta que decidieron construir el casco, para instalarse definitivamente en él. Mientras lo levantaban habitaron una cabaña alpina contigua.
En un predio de más de mil hectáreas, incluida una cancha de polo, pastaban vacas Aberdeen Angus, se sembraba trigo y girasol, pero, sobre todo, la crianza de caballos de polo constituía la actividad más lucrativa para el Gordo y Susan Barrantes, donde lograron producir ejemplares de excelente calidad, que ganaron fama en el país y en el exterior.

No es sencilla la tarea de obtener un buen animal. Todo es fruto de una cuidada selección genética y un exigente entrenamiento para que sea poseedor de una conformación muscular ideal que lo dote de destreza, agilidad, resistencia y velocidad, entre otras condiciones. Por eso se los considera como los atletas de competición del mundo equino, lo que deviene en su elevado valor de mercado.
Susan iba aprendiendo junto al Gordo el manejo rural y el negocio caballar, perfeccionaba como podía su español siguiendo las lecciones de Inés Pérez Zabala – por eso a Barrantes lo llamaba “Godo”, ya que la “r” faltante no le salía -, y adquiría con rapidez las costumbres más criollas, como la de aficionarse al mate y al asado. Adaptada totalmente, sentenciaba “en el campo es donde soy más feliz”.
En 1982, hallándose ocasionalmente en los Estados Unidos, estalló la Guerra de Malvinas, y ambos la sufrieron, prefiriendo permanecer en el país del norte hasta que el conflicto concluyera. Él no podía ingresar a Inglaterra y ella temía, por su nacionalidad, que en Argentina alguien la hostilizara, lo que jamás ocurrió.

Su sencillez, simpatía y trato coloquial ya la habían convertido en una mujer muy estimada en todo el vecindario regional, que recorría casi a diario para realizar trámites y compras, especialmente en Tres Lomas, Salliqueló y Trenque Lauquen.
LAS CARTAS DEL DESTINO
Pero el destino es el que baraja las cartas a su antojo, a veces impiadosamente, tanto que el Gordo súbitamente enfermó de un cáncer linfático que lo fue devastando progresiva y rápidamente, pese a recurrir a los mejores médicos y tratamientos, que incluyeron hasta una internación en una prestigiosa clínica de Nueva York. Falleció el 10 de agosto de 1990, a los 51 años. En el mismo Pucará fue sepultado, un hecho excepcional, que pudo ser realizado luego de la autorización concedida por el Concejo Deliberante treslomense.

Veinte días antes de su partida física, la pareja pudo finalmente inaugurar el casco de la estancia, y Barrantes, ya extremadamente débil, hasta alcanzó a sugerir desde un sillón aspectos de la decoración interior.
Para Susan, el final inesperado para una feliz relación que ambos soñaron vitalicia, se había truncado a 15 años de su venturoso inicio. Sin embargo, se propuso no abandonar el país y seguir apostando al proyecto común. “Jamás podría alejarme de él”, era su frase redundante.

Para perpetuar su recuerdo editó un libro que tituló simplemente “Polo”, al que se lo dedica con la expresión “para Héctor”, acompañada de una imagen muy particular, ya que Barrantes aparece con una mano cubriéndose la frente a modo de visera y su mirada en lontananza. Quizá Susan lo percibió en esa pose como oteando el horizonte que juntos idealizaron.

La obra recorre la historia del juego y su desarrollo en el mundo con profusión de muy logradas fotografías, además de haber sido prologada por el príncipe Carlos, el ex esposo de Lady Di, y una introducción de Juan Carlos Harriot, el legendario jugador argentino, considerado el mejor de todos los tiempos.
VIAJE A LA TRAGEDIA
El 19 de septiembre de 1998, Susan pasó por Trenque Lauquen, saludó y compartió un té con sus amigos, el matrimonio de Eduardo García Moris y Pucky Ribot, para luego sentarse al volante de su Land Rover verde, y partir en compañía de su sobrino Rafael Barrantes hacia “El Pucará”.
En el umbral de la tragedia dejaron atrás Tres Lomas hacia Ingeniero Thompson por la ruta 23. El choque frontal, pasadas las 21 horas, con una Trafic, conducida por un vecino del lugar, fue brutal. Susan, a los 61 años, murió instantáneamente, en tanto su sobrino y el chofer del otro vehículo pudieron salvar sus vidas, con heridas menores, pese a la violencia de la colisión.
La conmoción fue enorme en la zona, donde su delgada figura se había hecho cotidiana, y repercutió en otros ámbitos del país y en el corazón de la realeza británica, que la despidió con mensajes de pesar y servicios religiosos. Sus hijas viajaron rápidamente a la Argentina. Jane, desde Sídney (Australia), donde residía, y Sarah, voló desde Italia, a la que visitaba de vacaciones.
Sus exequias fueron sencillas, un calco de su carácter, lejos de los honores que le hubiera dispensado la familia real inglesa. Sólo un puñado de acongojados amigos la acompañaron en la despedida final, incluido parte del mundo del polo y la actriz y conductora Susana Giménez, con la que había cultivado un vínculo de afecto.
Se cumplía también su última voluntad, la de reposar junto al hombre que la había colmado de felicidad y le transfirió todo el amor por estas tierras. En ese cálido refugio de “El Pucará” habían elegido vivir, morir, y aún que esa unión perdurara latiendo bajo la tierra, como prolongándola hacia la eternidad.

Apenas una sobria cruz de madera, que uno de los empleados de la estancia confeccionó con parte de un árbol de lugar, distingue el sitio en que ambos yacen debajo, mientras que en un austero madero rectangular se lee en su traducción al español del inglés en la que está tallada, la inscripción: “Héctor y Susie Barrantes. Juntos en paz con los árboles que plantaron. Nosotras los amamos. Jane y Sarah”
DataTrenque AGRADECE a los esposos Eduardo García Moris y Pucky Ribot por su colaboración para la realización de esta nota
