EL CRIMEN DE LA PLAZA SAN MARTÍN

Escribe Hernán Sotullo

En el febrero de 1959 la ciudad celebraba la algarabía de aquellos nostalgiosos carnavales de costumbres ya extinguidas, como el juego a baldazos en los barrios, sus multitudinarios corsos de originales carrozas y disfraces, el pomo de agua y el papel picado, y las masivas concurrencias que colmaban las pistas bailables de los clubes hasta el alba.

Un festejo que estaba lejos de imaginar que lo acallaría el plomo de una bala en plena plaza San Martín, a escasos metros del monumento al Libertador, entonces emplazado en el centro de aquella.

Ya había sido elegida Celia Mabel Ripamonti, una jovencita de 17 años, mientras Iva Turchi, Zulema Palazzani, Marta Mileo, Amanda Cerdá y Marta Giuliani, conformaban una corte de bellas muchachas que la acompañaban a su coronación.

El Club Progreso, en tanto, se aprestaba a inaugurar su cancha de pelota a paleta cerrada, con la cotizada presencia de los más sobresalientes pelotaris del país, incluyendo a los campeones mundiales Domingo Olite y Juan Andrade, y los nacionales Néstor Delguy y Jorge Utge.

Después del paletazo inicial de Antonio “Poroto” Abásolo, el más completo de los deportistas trenquelauquenses, con cuyo nombre fue bautizado el Polideportivo Municipal, se disputó una seguidilla de reñidos juegos, con superlativos pasajes que ameritaba la categoría de los contrincantes.

DESPUÉS DEL CARNAVAL
Era feriado, martes 10, y la quema del Rey Momo, clausuraba la diversión carnestolenda del ‘59. Ajenos a todo ese movimiento ciudadano, se incubaba una tragedia en el mismo escenario céntrico, con su epicentro de sangre en el caluroso mediodía del miércoles 11 de febrero. Sus protagonistas, un desavenido matrimonio, e infortunadamente involucrada su pequeña hijita Marta, de apenas 13 años.

Alfredo Marangoni, de 39 años, oriundo de Pigué y Amelia Herrera, de 34, nacida aquí, se habían unido en matrimonio hacía 14 años en la primera de las ciudades, pero luego decidieron establecerse en Trenque Lauquen, aunque desde un año atrás ya no vivían juntos, después que el hombre le achacara comportamientos de infidelidad a la mujer.

Marangoni, trabajaba en un taller metalúrgico, pero tras la separación se marchó con su hija, al hallar empleo en la Base Naval de Punta Alta, en el sudoeste bonaerense, a casi 30 kilómetros de Bahía Blanca. Sin sospechar del fatal desenlace, regresó a nuestra ciudad, con el propósito de discutir con su exesposa aspectos patrimoniales de la pareja, pero especialmente la tenencia de la niña, que se negaba a vivir con su madre.

En una Escribanía cercana a la plaza, mantuvieron un acalorado intercambio de reproches, sin arribar a ningún acuerdo, por lo que Marangoni se marchó con la menor con la que comenzaron a desandar, en el antiguo dibujo del paseo, el sendero que la cruzaba y partía de la calle San Martín hacia el monumento, mientras que a pocos pasos los precedía la ofuscada mujer.

EL DISPARO MORTAL

Al parecer volvieron a anudarse en un nuevo altercado de mutuas recriminaciones, siendo el momento en que ella se puso detrás del hombre, extrajo un revólver, un Colt 38, y a quemarropa le disparó atravesándole el cráneo, lo que provocó su muerte inmediata, mientras la pequeña Marta, se arrodillaba abrazada a su padre, ya derrumbado en el piso, y entre sollozos, clamaba inútilmente por su reacción.

La homicida continuó su camino para entregarse en la propia comisaría y posteriormente conducida para su juzgamiento a Mercedes, ya que Trenque Lauquen no había constituido aún sus tribunales, y dependía de aquella jurisdicción. La sentencia fue magnánima, apenas 8 años, el mínimo de la escala fijada por el Código Penal para dicho delito. En tanto, los restos de Marangoni eran trasladados y sepultados en el cementerio municipal de Pigué.

Hoy, los familiares consultados han establecido un cerco de silencio en torno al episodio. Aunque algunos ya no estén, como Armando y José Marangoni, que tuvieron el ingrato cometido de llevarse desde aquí el cuerpo de su hermano muerto, el terrible suceso traspasó también la aflicción de la generación siguiente. “De eso no se habla; lo hemos borrado de nuestras charlas”, nos dijo uno de ellos, clausurando en un invisible pacto, el horror de ese viaje al pasado.

Sólo se sabe que la niña, huérfana de padre, y con su madre en prisión, fue integrada a la familia de su tía Azucena, hermana del fallecido, que se ocupó de su crianza y educación.

Nunca más quiso ver a su madre, quien, ya cumplida la pena impuesta, intentó infructuosamente vincularse a ella. En la actualidad, Marta, casi octogenaria, reside en Punta Alta, 66 años después del luctuoso suceso que oscureció desdichadamente su infancia, y le significó un ominoso recuerdo postrero.

  • Las reproducciones de los recortes periodísticos incluidos en la nota pertenecen a las ediciones de esos días del diario “La Opinión”