HACE 90 AÑOS MORÍA CARLOS GARDEL, EL MÁS PERSISTENTE DE LOS MITOS ARGENTINOS

Escribe Hernán Sotullo

Hace 90 años moría Carlos Gardel, el más perenne de los mitos argentinos. Fue el 24 de junio de 1935 en Medellín, cuando el trimotor que llevaba al cantor y su comitiva rumbo a Cali, no alcanzó a despegar al estrellarse contra otro avión en la pista, incendiándose. Allí nació la leyenda del Zorzal, El bronce que sonríe, El Morocho del Abasto o El Mudo, apodos en los que también se instaló su memoria. Había cumplido 44 años.

Alfredo Le Pera, quien escribió las más bellas y poéticas letras para el último Gardel, procurando universalizarlo, involuntariamente lo profetizó cuando creó los versos de “Lejana tierra mía”. En la remota geografía colombiana había dejado sus huesos, distanciándolos de otro tramo de la composición que lo ubicaba en su Buenos Aires querido: “bajo tu cielo / quiero morirme un día / con tu consuelo / con tu consuelo”. No pudo ser. El destino se cruzó para impedirlo.

Antes de la tragedia narraba a un amigo el temor de viajar en esos embrionarios aviones “te imaginarás el fierrito de los guitarristas y sus risas de conejo, pero todo sea por el arte criollo”. Recién, después de casi dos meses, atravesando 5 países, y un ataúd que se desplazó en mula, a pulso, camión, tren, y barco, sus restos calcinados llegaron el 5 de febrero de 1936 al puerto de Buenos Aires. Hacía poco más de 7 meses de su fallecimiento.

MASONES Y URUGUAYOS
Sepultado inicialmente en el cementerio San Pedro de Medellín, antes, durante el velatorio surgió la primera disputa, cuando un grupo de masones apareció en la madrugada e intentó apropiarse del féretro, invocando que Gardel pertenecía a dicha fraternidad, lo cual generó una resistencia que evitó el robo del cadáver. 

No serían los únicos. El gobierno uruguayo también reclamó los restos de Gardel. Aducían que el cantor era oriental y debía descansar en la vecina orilla. Contra la opinión mayoritaria sobre su nacimiento francés, argumentaban que llegó al mundo en Tacuarembó, hijo del militar Carlos Escayola y su cuñada. Para evitar el escándalo se lo entregaron a Berta Gardes.

Finalmente, esta última resolvió el entuerto: “Mi hijo debe ser enterrado en Buenos Aires, él hubiera querido descansar aquí”.  Sin embargo, no era sencillo el trámite. En Colombia la ley disponía que debían pasar cuatro años para poder exhumar un cuerpo. Tuvo que mediar el entonces presidente argentino Agustín Pedro Justo para lograr la excepción. Para esto, ya habían transcurrido seis meses del deceso del ídolo. Recién el 17 de diciembre comenzó el ajetreado viaje de regreso.

COMPLICADA TRAVESÍA
De Medellín partió hacia Bogotá en tren. Transbordado a un camión, el vehículo se vio impedido de continuar su marcha por el serpenteante y peligroso camino de cornisa y precipicios, que obligó a trasladar el féretro sobre una mula, que en algún momento no pudo franquear un desfiladero, y los hombres debieron cargarlo en sus espaldas para atravesar el estrecho sendero.

A medida que se avanzaba en el trayecto, los lugareños pedían que la comitiva se detuviera ya que querían honrar, según sus dichos, al tanguista. Esto se reiteró en varios pueblos a solicitud de sus habitantes que deseaban saludar por última vez al Zorzal.

Nuevamente en tren hasta el puerto de Buenaventura en el Océano Pacífico, donde los restos embarcaron hacia Panamá. Al cruzar el Canal, fueron depositados en otro vapor que los llevaría a Nueva York, ciudad en la que fue velado durante una semana, e inmediatamente iniciar el retorno a Buenos Aires, con detenciones en Río de Janeiro y Montevideo, en cuya aduana armaron una capilla ardiente.

AL FIN BUENOS AIRES
Por último, el 5 de febrero de 1936, el ataúd llegó a Buenos Aires, tras una suerte de gira de despedida que insumió 51 días y 18 mil kilómetros recorridos. Una multitud esperaba en el puerto, observando con silencio sepulcral el descenso del féretro, reemplazado luego por uno imperial, el mejor y más costoso del mercado, que su viejo amigo José Razzano había adquirido.

Del ahí al Luna Park, donde el cajón fue colocado en el centro del ring. Hubo algunos discursos y una multitud colmando el estadio. A la mañana siguiente, en la partida al cementerio de la Chacarita, parte del público intentó tomar el féretro y llevarlo a pulso hasta la necrópolis. Se los hizo desistir, colocándolo en un carruaje tirado por seis caballos

A paso de hombre el cortejo atravesó la calle Corrientes, aún angosta, en una marcha de cuatro horas, mientras desde los balcones, la gente arrojaba flores ante el paso de los restos de su ídolo.

DISPARATADA TEORÍA
En “Tras los dientes del perro”, su entretenido libro de memorias, Helvio Botana afirma que el entierro de Gardel fue pergeñado entre el presidente Justo y su padre, Natalio Botana, propietario y director del diario Crítica, el de mayor tirada de la época, para silenciar el escándalo de los frigoríficos ingleses, y la investigación de Lisandro de La Torre.

Así lo fundamentaba: “A ocultas, sabia y tenazmente, aceleraron el culto a Gardel y desviaron la mirada de la opinión pública. El estado puso su parte, Crítica lo suyo. Se demoró exprofeso la vuelta de sus restos durante seis meses, buscando que la apoteosis tapara lo que por razones de estado se debía olvidar”.

Lo cierto es que el dolor popular, y su consecuente conversión en mito, creció sin el auxilio de nadie. Primero fue una movilización multitudinaria y espontánea, un pesar colectivo, imposible de edificar por fuera de lo emocional. Tanto, que hoy a 90 años de su muerte, el fenómeno gardeliano subsiste empedernidamente.