A 10 AÑOS DE LA PASCUA DEL PADRE PEDRO, UNO DE LOS CURAS MÁS QUERIDOS DE TRENQUE LAUQUEN

Se cumple una década del fallecimiento del sacerdote Pedro Traveset o “el Padre Pedro”, como todos los reconocían en Trenque Lauquen, uno de los curas más queridos por la feligresía católica local, a la que sirvió en su última etapa como párroco, y como representante legal del Colegio “Miguel Di Gerónimo”. En su homenaje, hoy una de las calles de la Ampliación Urbana, ha sido bautizada con su nombre.


Muy poco antes de su muerte, imprevistamente a través de las redes, se convocó a una misa de despedida. Ya enfermo, y con signos avanzados de su enfermedad había decidido retornar a España, su patria natal, y terminar sus días terrenales junto al afecto de sus familiares, que solían viajar cada tanto a la Argentina a visitarlo.

Una multitud, pocas veces vista, colmó la iglesia Nuestra Señora de los Dolores, incluso excediendo el interior de la parroquia, y allí el Padre Pedro, al culminar la misa y agitando la mano en alto, ante la imposibilidad de saludar a cada uno de los conmovidos asistentes, manifestó en ese gesto, su adiós definitivo a la comunidad. Tiempo después, llegó, atravesando el Atlántico, la inevitable y triste noticia de su deceso.

“Explicaciones no hay, sabemos que estamos de paso, y no nos podemos quedar aquí eternamente”, había sentenciado con su acento español, que nunca perdió, en una de las tantas notas periodísticas que se le hicieron. Hace diez años, ese final ineluctable también lo había alcanzado a él.

Natural de Sant Quirce de Besora, un pueblito muy pequeño en la provincia de Barcelona, que el describía en su pintoresquismo: “Toda montaña y entre dos ríos”. En el comienzo de su infancia, estalló la Guerra Civil Española, a la que sobrevivió llevado de la mano de su madre, ya que ni bien veían merodear los aviones sobre el pueblo, corrían a guarecerse en las grutas naturales de la montaña para protegerse de los bombardeos.

En una misa de agradecimiento por la culminación del conflicto, contaba que lo miró al cura que la oficiaba, y mirando a su madre, le dijo con firmeza “Yo quiero ser como él”. Había puesto su vocación en marcha, que el Seminario terminaría de moldear.

En 1963 llegó a la Argentina, por un pedido de Monseñor Antonio Quarracino, entonces titular de la Diócesis de 9 de Julio, al obispo del cuál dependía en España, ante la necesidad de cubrir o reforzar algunas parroquias de su jurisdicción. Rápidamente fue enviado a Trenque Lauquen, donde permaneció cinco años hasta su traslado a la Catedral de 9 de Julio, en la que cumplió su misión sacerdotal durante 23 años.

Pero Trenque Lauquen era el lugar de su devoción, al punto que solía repetir que cuando en 9 de Julio le preguntaban por lo más lindo de esa ciudad, respondía “la Terminal, porque desde allí tomo el micro que me lleva a Trenque Lauquen”

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Aquí, se quedó otras dos décadas, hasta su inesperada partida para abrazarse a su familia española en el último tramo de su existencia.

Dejaba en su despedida a una comunidad dolida por su alejamiento, a la que sirvió como un bálsamo para quienes acudían a verlo en procura de encontrar en su palabra un refugio a sus dudas, carencias, y padecimientos. Cada mañana, muy temprano, se persignaba ante el Cristo crucificado en el templo, y escoltado por su fe, y el poder de la oración, salía a la calle para llevarle alivio al alma de quien lo necesitare. Hace 10 años, el Padre Pedro, dejó un enorme vacío terrenal para acudir al llamado de la vida eterna.