Escribe Hernán Sotullo (*)
Se acaba de cumplir un lustro del comienzo de la pandemia del coronavirus o del covid, pero los que ya hemos consumido buena parte de nuestras vidas, recordamos que cuando éramos todavía pequeños, en el país se desataba la angustiante epidemia de poliomielitis o “la polio” como abreviábamos.
Corría 1956, y afectaba esencialmente a los menores. El virus invadía el sistema nervioso y causaba parálisis irreversible en cuestión de horas, generalmente en los miembros inferiores. En otros, hasta podía producir la muerte por parálisis de los músculos respiratorios.
Como en el resto del país, en Trenque Lauquen, las familias vivían atemorizadas ante posibilidad de que el mal contagiara a sus hijos. Poco se podía hacer ante la inexistencia de una vacuna que contrarrestara la enfermedad, apelándose a un remedio casero que consistía en colgar del cuello de los chicos una bolsita que contenía una pastilla de alcanfor, proveniente de una planta medicinal, con la que también se pensaba que podía alejar el peligro de contagio.

Después se importó el pulmotor, una máquina en forma de tubo, donde se colocaba al enfermo. Funcionaba mediante un fuelle que se accionaba por un motor que auxiliaba al paciente a respirar, es decir, cumpliendo la función de los pulmones. En Trenque Lauquen, una colecta popular logró reunir los fondos para comprar uno, que fue exhibido a su llegada a la ciudad en un comercio de la avenida Villegas. ¿Dónde estará?
Felizmente, llegaron las vacunas, primero la inyectable “Salk”, y luego la “Sabín”, que era oral, y sólo requería el suministro de tres gotitas. Para sortear su sabor amargo y facilitar que los chicos se vacunaron sin quejas se lo hacía embebidas en un terrón de azúcar.
De esa manera, la polio fue desapareciendo, y Trenque Lauquen, si bien tuvo que lamentar algunos pocos casos con sus secuelas, no debió apenarse por pérdidas de vida, aún durante el período de mayor virulencia de la afección.
LA DRAMÁTICA PANDEMIA
Seis décadas y media después el mundo estalló en pánico ante la llegada del coronavirus, iniciado en Wuhan, ciudad de China, y cuyo origen aún no fue descifrado, pero se le atribuye al comercio callejero de animales, sin ningún control. Como el caso de la gripe aviar, proveniente de aves, se trata de una enfermedad transmitida de animales a humanos

El gobierno del entonces presidente Alberto Fernández minimizó en principio la cuestión al punto de recomendar ingerir bebidas calientes, argumentando, sin ninguna evidencia científica, que el calor mata el virus, mientras su ministro de Salud, Ginés González García afirmaba que no había ninguna posibilidad de que llegara el covid a la Argentina.
Pero llegó y hubo que extremar las medidas. Por cadena nacional Fernández ordenó que “todos tienen que quedarse en sus casas”. Era por 15 días, pero se prolongó durante 8 meses, mediante sucesivas prórrogas, la que ha sido descripta como la cuarentena más larga del mundo.

Hubo que adoptar otros mandatos médicos. Ni siquiera podíamos compartir el mate, la más tradicional infusión criolla, con familiares y amigos o abandonar la cotidianeidad de la mesa de café, usar barbijo, practicar exigentes normas sanitarias, comunicarnos mediante el uso del zoom, y el trabajo remoto. No hubo velatorios ni cortejos al cementerio, por lo que nos quedamos sin despedir a seres queridos, y llorarlos en soledad, como también celebrar cumpleaños en absoluto aislamiento. Los alumnos no podían asistir a sus escuelas, y por mensajes de texto o mails, sus maestros les enviaban algunas tareas mínimas.

Pese al auxilio del gobierno mediante el otorgamiento de subsidios a comercios y empresas, unos 90 mil emprendimientos debieron cerrar sus puertas en el país. También lo recibieron sectores vulnerables, especialmente aquellas dedicadas al trabajo doméstico, que la crisis sanitaria les impedía llegar a los lugares donde cumplían tareas.
LOS INCUMPLIDORES
En Trenque Lauquen, la sirena de bomberos, anunciaba la hora en que era necesario recluirse en los hogares, quedando desiertas las calles. Algunos se negaron a aceptarla totalmente, de tal modo, que fueron interceptados circulando, y se les inició un proceso penal en el Juzgado Federal de Junín. En el recuerdo simpático, Sarita, una octogenaria que salió con su reposera a tomar sol en los bosques de Palermo, hasta que llegó la policía porteña para disuadirla.
Imposible viajar, salvo ambulancias y estrictas autorizaciones. Algunas ciudades hasta apelaron a montículos de tierra y otro tipo de cerrojos, para que nadie ingresara a ellas.

Se exacerbó ese celo con la crueldad en muchos casos, como la de aquel padre que llevó a su hija enferma en brazos porque la policía no le permitía reingresar a su provincia; un muchacho, vedado su ingreso a Formosa, se ahogó tratando de llegar por el río Bermejo a su casa para ver a sus hijos, o el de la joven con cáncer terminal, que debido a los bloqueos en los límites provinciales su padre no pudo asistirla en el último aliento de su vida.
En las más altas esferas, también se registraron incumplimientos como el denominado “vacunatorio vip”, o la famosa fiesta de Olivos, cumpleaños de la entonces primera dama Fabiola Yañez, que también promovieron procesos judiciales.
TODOS PERDIMOS ALGO
Nuestra ciudad cabecera, y todas las que componen el distrito, debieron lamentar, según los registros municipales 206 vecinos muertos. Diariamente los medios publicaban las cifras de fallecidos como la de pacientes afectados, que, en algunas ocasiones, fueron derivados a otros centros de salud fuera de Trenque Lauquen, ante la pesadumbre de sus familiares, que escasamente podían acompañar.

Quedan las imágenes de las masivas vacunaciones en clubes deportivos, como Ferro y Monumental y en otros ámbitos, como el del sindicato Atilra. La vacuna ayudó a mitigar la expansión del covid.
El coronavirus se llevó unas 130 mil muertes en todo el país, y seguramente es mezquina la enumeración en esta nota de los males que acarreó su trágico desarrollo. A cinco años de su inicio, lo innegable es que todos perdimos algo, un pasado hostil que seguirá enquistado con sus cicatrices en todas las memorias.