Escribe Hernán Sotullo
Desde Madrid (España)

En julio de 2001 la entidad vasca “Euskal Sustraiak” dispuso plantar en nuestra plaza San Martín un retoño del roble de Guernica, un árbol que, al haber sobrevivido al brutal bombardeo de esa ciudad por la aviación nazi en 1937, se convirtió en un símbolo de la resistencia ante semejante barbarie.
Hoy, guiado por ese sensible homenaje de la comunidad vasca trenquelauquense de hace casi 25 años, y hallándome de visita en Madrid, la capital española, era inevitable una cita con el arte y la historia que me encaminó hacia el Museo Reina Sofía.
Allí pude contemplar fascinado el “Guernica”, posiblemente la obra suprema nacida de la paleta de Pablo Picasso, un mural de gigantes dimensiones que ocupa casi una pared entera, pintado al óleo, sobre lienzo, en colores blanco, negro y gris, el que retrata a través de sus figuras ese devastador ataque.

En abril de 1937, Guernica, la ciudad vasca más antigua, fue casi destruida sin piedad por las bombas arrojadas desde los aviones alemanes, aliados del franquismo, por entonces imperante en España, dejando edificios reducidos a escombros, además de una cantidad incontable de muertos, incluso niños, y heridos con secuelas permanentes.
Enseguida Picasso, exiliado en París, inspirándose en fotografías de los diarios de la época, pintó el “Guernica” en el que quedó plasmada su mirada sobre la atrocidad descargada contra la indefensa población civil. Como cualquier guerra, queda despojada de toda humanidad para producir en su insensato andar el ultraje más doloroso.

Picasso retrató ese agravio a través de fragmentadas imágenes que parecen integrar un rompecabezas, en las que es posible advertir, entre otras, en una madre que grita al cielo, mientras sostiene a su hijo muerto, en un caballo agonizante, otro cuerpo desmembrado, y en una mujer que se arrastra entre las ruinas, la masacre y el desgarramiento humano que asoló a Guernica.
Aunque Picasso nunca lo explicó, como en general ocurre con los artistas, que no precisan en sus detalles lo que expresan sus obras, dejando al libre albedrío del observador su propia interpretación, no quedan dudas que el “Guernica”, además de constituir una notable obra de arte, manifiesta una clara denuncia antibélica, que derrama a todo el universo para exteriorizar el horror de cada conflagración armada.
El lienzo fue enviado a Estados Unidos en 1939 al Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), donde permaneció más de 40 años, y se encuentra en Madrid desde1981, para ser trasladado definitivamente al Museo Reina Sofía en 1992.

Por estos días se ha generalizado en España una polémica, ya que el gobierno vasco ha solicitado formalmente que el “Guernica” sea trasladado temporalmente para ser exhibido en el Museo Guggenheim de Bilbao, con la intención de exhibir la obra entre octubre de 2026 y junio de 2027, coincidiendo con la conmemoración del 90º aniversario del bombardeo.
El ministerio de Cultura español y el Museo Reina Sofía rechazan el traslado, ya que un informe técnico desaconseja mover la obra debido a su extrema fragilidad y el riesgo de daños irreversibles en el lienzo, que ya ha sufrido desgaste por traslados anteriores. El propio Bernard Picasso, nieto del pintor y administrador de la obra de su abuelo, ya se opuso a la solicitud de este préstamo, lo que indica que el pedido será finalmente desestimado.