Transitar el dolor. Los días sin el ser amado, querido… Superar el sentimiento del arrebato repentino, injusto, que no se explica… Mantener la memoria viva y sobrellevar la ausencia… Así son los días en la Escuela Primaria N° 47 donde Ana María Aristimuño era secretaria. Más que eso: Era la magia, el amor, la contención, una pieza central en una escuela que convirtió en una gran familia donde realmente los chicos y las chicas importan.
“Los chicos nos preguntan cuándo va a volver la señorita Anita”, cuenta entre lágrimas a DataTrenque la directora de la EP N° 47 Bárbara Rossi. Y explica, como puede, con frases entrecortadas por el dolor presente, que decidieron entre todos crear un espacio en la escuela, en la pared que daba a la oficina de su secretaría un memorial donde se colocó un cuadro con su delantal que le daba identidad a ella y a la escuela, con una leyenda que dice “En Memoria de Anita, nuestra querida secretaria”, donde también los chicos y chicas van a poder ir dejando dibujos, mensajes y cartitas “así todos podemos expresar nuestros sentimientos, con velas y flores”.

La directora cuenta que en este tiempo se había logrado formar “una gran familia con ella en la escuela, y para ella la institución era muy especial porque la hacía feliz, realmente”. Aristimuño venía trabajando en la EP N° 47 pero realmente llenó de luz los pasillos y cada rincón al tomar el cargo de secretaria, a principios de 2022.
“Anita era un poco la mamá de todas porque siempre tenía todo listo y todo preparado para que cada uno pudiera brillar en su rol. Incluso hacía tareas de maestras que no hacen habitualmente las secretarias, pero ella se ocupaba porque nos quería cuidar en todo lo que más podía: Dejaba preparada la tiza, el borrador y el registro para cada aula, y todos tenían todo listo al ingresar. Era impecable en su trabajo porque no solo cumplía su tarea sino que cuidaba y acompañaba a toda la escuela”, recuerda Rossi.

Ana Aristimuño, desde su rol, se encargaba de la cooperadora, colaboraba en el patio para que las docentes no se sobrecargaran, siempre estaba palpando el sentimiento de cada una y trataba de contener con palabras y gestos a quienes no habían tenido un buen día, y eso lo hacía con los alumnos también.
Con la directora se cargaron al hombro la institución: Muchas veces ocuparon horas fuera de su turno para pintar las paredes de las aulas y los juegos del patio, o hacer cuestiones que buscaban mantener o embellecer el edificio.

Las imágenes se agolpan una a una, se superponen, calan con la emoción: “Siempre ella con su camioneta verde tan particular pasábamos a buscar a los chicos que no podían ir a los Torneos o a los actos, y luego los llevábamos nuevamente. También le acercábamos la mercadería a la casa a alguna familia que por alguna circunstancia no pudiera ir”.
“Creamos con Ana una escuela muy particular, muy cercana con los chicos, las chicas y las familias, una escuela donde los chicos realmente importan”, recuerda con sello distintivo de una verdadera actitud de vida.

Y repasa alguna anécdota de aquellos días: “A los nenes les pasaba que a veces hacían alguna travesura o “inventaban” algún dolor de panza o la cabeza para poder ir a la secretaría y estar con Anita porque era un lugar donde se sentían plenos. Y ella luego de indagar y darse cuenta de lo que pasaba, de un modo cómplice los invitaba a hacer alguna cosa propia de su función y compartían un rato de trabajo y de charla Los chicos siempre querían estar con ella”.
“Nosotros les explicamos a los chicos que la seño no va a estar más…”, dice Bárbara en un sentido modo de expresarse… Y sigue: “Pero ellos igualmente insisten y nos preguntan ¿cuándo va a volver la señorita Anita?…”
Bárbara Rossi cierra la charla con una descripción que inspira a seguir un camino: “Anita era magia y puro amor, y va a ser muy difícil transitar su pérdida, pero debemos honrarla con la palabra que a ella siempre la definió: servicio, porque ella fue siempre sumamente servicial y en ello el respeto por los demás”.
