CUANDO EL SPORTSMAN LAS GUASQUITAS GRITÓ CAMPEÓN Y HABÍA PASTELES DE PREMIO

A mediados de la década del ’50, el “Club Sportsman Las Guasquitas” obtenía su único título en la era de la “Federación de Foot Ball del Oeste”, que extendió su vigencia hasta 1959 cuando los equipos de Trenque Lauquen, Pellegrini y Beruti inaugurarían “La Liga Trenquelauquense de Fútbol”, como la nueva entidad rectora de los destinos del popular deporte, hasta la actualidad

De aquella institución enclavada en el corazón de la próspera colonia de ese nombre, se escindiría a principios de la década del ’70 un grupo de dirigentes para fundar otro club: “Las Guasquitas Deportes” que estableció su actividad deportiva y social en nuestra ciudad. Pese al carácter urbano de la nueva entidad, el periodismo insiste en referirse a su formación futbolística como “el equipo colono”. En tanto, aquel primitivo club campesino iría languideciendo con los años, aunque siempre perdura la idea de que recobre nueva vida.

letrero

Las Guasquitas, según marcan los carteles indicadores, se halla a una distancia de 27 kilómetros de Trenque Lauquen, y antes de la construcción de la ruta 33, fue uno de los caminos elegidos para trasladarse desde esta ciudad hasta la localidad de Treinta de Agosto, entre otros destinos.

Originariamente fue una reserva fiscal, parte de la cual – unas mil hectáreas – le fueron concedidas en donación al cacique indígena García Tacunau, según se explica en el libro “Huellas”. Allí levantó su toldería, hasta que unos años después, el gobierno provincial dispuso su desalojo, orden cumplida por una decena de agentes de policía al mando de un sargento que habían arribado en tren a la estación local.

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Foto actual de frente del club, con vecinos de la colonia reunidos

El total de esa reserva abarcaba algo más de 8 mil hectáreas, y sobre ella se decidió su subdivisión en 90 chacras, las que fueron rematadas entre los años 1902 a 1905, y sus compradores fueron los primeros chacareros de la colonia, que tenían la obligación de explotarlas y no servirse de ellas con fines especulativos. Algunos de esos apellidos aún conservan en sus descendientes esas tierras, pero en otros casos, pasaron en años sucesivos a nuevos propietarios, producto de operaciones de compraventa.

NACE EL CLUB
La colonia adquirió vida propia, intensificada en el desarrollo de la agricultura y la ganadería, además de la explotación de tambos que determinó que hasta una fábrica de quesos se estableciera allí, como un almacén y despacho de bebidas, por lo que el nacimiento de un club no tardaría en llegar, y edificar consecuentemente su sede, con un gran salón de fiestas. La identificaría con su nombre artísticamente moldeado en letras manuscritas concebidas en hierro forjado, y un modesto toque de tejas en su frente.

De ese pasado, el club pasó a ser un natural lugar de encuentros, del que es posible rescatar en lo social sus multitudinarios bailes con orquestas del momento, como distintas celebraciones, incluidos casamientos y  cumpleaños, y en lo deportivo anexó una frontón abierto de pelota a paleta, y un equipo de fútbol.

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La cena de festejo del campeonato

Este comenzó a participar en la divisional del ascenso, y que luego de ganarlo y subir a la categoría superior, se alzaría con el título máximo de campeón en 1957, el subcampeonato del ’58, y una tercera posición en la tabla en 1959. Al final de cada partido, siempre habría un valioso premio extra al que aludiremos más adelante.

Hoy llama la atención que hablemos de una categoría de ascenso, ya desaparecida, pero el fútbol generó en un tiempo más lejano una explosión de conjuntos, que disputaron en ese certamen la ilusión de ganar el torneo y jugar en la primera para entreverarse con los “grandes” como Ferro o Argentino, entre otros.

En esa competencia bautizada “Nolo Ferreira” comenzó jugando Las Guasquitas, confrontando con Las Tunas, Tres Llantas, Panaderos, Independiente Campesinos, Finaco, Huracán de Martín Fierro, Sarmiento, La Primera, 25 de Mayo, La Luisa, y algunos más.

Como local, los recibiría en su cancha, ubicada calle de por medio frente a la sede, la que oficiaría de improvisados vestuarios en cada jornada futbolística. Al predio lo cobijaba una generosa sombra, proporcionada por los frondosos eucaliptos que lo rodeaban, mientras que el campo de juego se hallaba separado del público por un rústico cerco de alambre.

AHORA EN PRIMERA
Las buenas cosechas ayudaron en aportes monetarios al club, que consolidadas sus finanzas, decidió a poco de ascender su equipo en 1956, a reforzarlo para encarar la próxima campaña en primera división con una expectativa de éxito mayor. Con ese objetivo sumaron especialmente jugadores de la región, dotados de una combinación de calidad y experiencia.

Ese once alistó a futbolistas de Pehuajó, 30 de Agosto, Salliqueló, y Tres Lomas, además de los trenquelauquenses.

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Campeón del ’57: Parados de izq. a der: Llera, Lanatti, Pincen, Larrosa, Barragué y Speranza. Hincados: Enriquez, Avendaño, Doce, D. Moreno y O. Moreno

El logro fue mayúsculo, obteniendo el campeonato de 1957 con 23 puntos en los 16 partidos jugados, relegando por 3 unidades a Atlético Pellegrini, y a 7 a Argentino, vigorosa formación convertida en aquellos años en dominador de los torneos.

El “equipo de memoria” de aquel Las Guasquitas lo integraban en la clásica disposición de la época de un 2 -3- 5, según la ubicación de los jugadores en la cancha, Orlando Speranza, debajo de los tres palos; Lanatti y el “Zurdo” Barragué, de zagueros; Larrosa, Carlos Llera y Pincén, en la línea media, y en el quinteto ofensivo, los hábiles Enriquez y “Polilla” Avendaño; el goleador Francisco “Pileti” Doce, y los hermanos Dionisio y Oscar Moreno, en el ala izquierda. Se coronaría en la última fecha con una fenomenal exhibición de su poderío apabullando 5 a 0 a Barrio Alegre.

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Pileti Doce, el goleador

En 1958 se recompuso Argentino, que deslumbraba con figuras como el arquero “Perico” García, los hermanos Rubén y Pedro Cabrera, el primero marcador de punta derecho y el último back central, el “Patón” Scuri, patrón de la media cancha, y delanteros de la talla de Galván, Bustos y el “Colorado” Simoni, de centro delantero. A tres puntos quedó el subcampeón Las Guasquitas, con otras incorporaciones como “Pachaca” Avendaño, hermano de “Polilla”, y Barrios, un brillante “5”, proveniente de Flandria, el equipo de Luján.

Sin embargo, en el ’59 retrocedería un lugar más en la tabla final. Sería tercero detrás de Argentino y Ferro, según consignan, en todos los casos, los datos estadísticos mencionados en los fascículos “Historia del fútbol trenquelauquense” publicado en el diario “La Opinión”, de la autoría del periodista Lisandro Beperet.

UN PREMIO EXTRA

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Orlando Speranza, arquero del equipo campeón

Pero más allá de lo numérico, de aquellas campañas surgen pintorescas anécdotas, como aquella que cuenta que el arquero Speranza, un hombre de físico espigado y apuesta estampa, solía estar en la mira de unas jovencitas que se ubicaban detrás del arco que ocupaba para tomarle fotografías, atraídas más que por sus atajadas, por su atractiva silueta.

Y de las que más se recuerdan remiten al premio extra que todos los jugadores esperaban ansiosos al final de cada partido, cuando se acercaban presurosos al automóvil de don Francisco Borra, ”alma mater” y presidente del club, que abría el baúl para comenzar a repartir de su interior el contenido de varias cajas repletas de empanadas de carne y pasteles de membrillo, que doña Clota, esposa de Borra, y consumada cocinera, preparaba reiteradamente para todo el plantel y algunos hinchas que tampoco querían perderse tan sublime degustación.

Han pasado ya más de 60 años de aquel campeonato, en el que dejó su huella ganadora aquel sorpresivo equipo colono, el Sportsman Las Guasquitas.