CUANDO TRENQUE LAUQUEN PERDIÓ LA POSIBILIDAD DE CONVERTIRSE EN UN EMPORIO INDUSTRIAL (FINAL)

En esta entrega, pondremos punto final a una sucesión de notas que durante tres semanas abarcaron el estudio de numerosas empresas, las hoy llamadas metalmecánicas, que alimentaron un formidable período de bonanza industrial para Trenque Lauquen, y colocaron a nuestra ciudad como eje de un gran polo fabril en la provincia, con su consecuente ramificación hacia el resto del país.

La mano de obra trenquelauquense, bajo la dirección de entonces jóvenes soñadores, que, desde su talento, esfuerzo, y deseo de aportar al desarrollo del país, en su mayoría egresados de la Escuela de Artes y Oficios (hoy Escuelas Técnicas), que ocupaba el predio del actual Anexo Vilbazo, de San Martín y Paso, surtieron de una producción muy diversa para que otras actividades esenciales de la Argentina se multiplicaran y progresaran, y hasta alcanzaran niveles de exportación.

De esos establecimientos locales salieron en una incompleta enumeración, autopartes para poderosas empresas automotrices como Ford y Fiat, molinos, cosechadoras y otros implementos agrícolas, piezas y repuestos para electrodomésticos, la recuperación de accesorios mediante la técnica del cromoduro, además del famoso amortiguador “Elelín” que utilizaron unidades de transporte, ómnibus y camiones, en su tránsito por las rutas argentinas, y vehículos de competición.

Las erráticas políticas económicas, con insuficientes incentivos al sector, y lo que algunos analistas más severos las juzgan asociadas a una intencionada decisión de las grandes corporaciones internacionales de ubicar en el mapa universal a la Argentina sólo como proveedor de materia prima, pero no de productor de manufacturas, fueron minando progresivamente entre las décadas del ’60 y ’70 ese furor industrialista, privando a la ciudad de valiosas empresas, además de provocarle un irreparable daño al empleo en la comunidad.

LACAMU Y CHEYLAT

Socios de Lacamu: Arriba: De izq.a der.De Lara, Cabeza, Belmudes y Ramudo. Abajo: Beragua, Domínguez y Muñiz.

En ese contexto, además de las que hemos descriptos en los capítulos anteriores, también quedaron en el camino LACAMU, denominación que vincula las dos primeras letras de los apellidos de sus promotores  Pascual Hilario Laborde, odontólogo, cofundador y primer presidente del club Atlético Trenque Lauquen, y comisionado municipal en los períodos 1955/58 y 1962/63; Nicolás Cabeza y Argimiro Muñiz. Empleó a más de una veintena de operarios.

Del taller de los Cheylat

Con la incorporación posterior de nuevos socios y el correr de los años, también mutó a los nombres de El Tesón y La Esperanza, y de su inicial ubicación en Mitre al 1100, concluyó su periplo en el Parque Industrial.

Dentro del material que salía de sus hornos resaltaban las cajas de hierro que empotraban en su interior los medidores de luz de la entonces Usina del Pueblo, y que otras metalúrgicas como Casais, también elaboraban. Hoy se los puede ver inactivos y como una reliquia en los frentes de numerosas viviendas, ya que han sido reemplazados por una moderna versión instalada por la Cooperativa Eléctrica.

                                                                       

Cajas de luz fabricadas en T. Lauquen                               

En el extremo izq. Gerardo Cheylat. En el der. Arnaldo, más dos empleados.

Los hermanos Gerardo y Arnaldo Cheylat, a su vez, de ser empleados de “Ollantay”, y también provenientes del aprendizaje en los talleres de la Escuela de Artes y Oficios, hacia 1953 se independizaron conformando una sociedad a la que incorporan también a Juan Carlos Luppi, para establecerse en la calle Sáenz Peña al 500 y producir desde allí para diversas empresas del interior el país una amplia variedad de modelos de cilindros de frenos que se adaptaban a la totalidad de los autos y camionetas que salían de las automotrices argentinas.

Arnaldo y Gerardo Cheylat (izq y centro) y Luppi

Con el tiempo los Cheylat continuarían por un lado y Luppi, por otro. Surgiría también otra fábrica como resultado de una asociación entre Ricardo Cheylat, hermano de los anteriores y Guito Cassan que apuntaron a la línea de los camiones.

La apertura a la libre importación de vehículos mermó el trabajo para todos. La tradicional firma de Gerardo y Arnaldo, no obstante, continuó con la incorporación de los hijos del primero, hasta que ya más cerca en el tiempo, y con un ritmo de producción decreciente, cerró sus puertas definitivamente.

Una digresión deportiva, Arnaldo, a quien apodaban “Cuete”, por sus dotes de velocista, fue parte de una generación histórica de ciclistas que integró junto a Raúl Ciotti, Rubén Mirabelli, Arturo Zelasqui, y Raúl Pagani, entre otros pedalistas, la que despertó el fervor de los aficionados en las competencias que tuvieron lugar en el ya inexistente velódromo de la García Salinas, en las calles de la ciudad, y en las rutas cercanas, como la popular “Doble Beruti” por el viejo camino real de tierra, continuidad de la Gobernador Irigoyen.

AGROCABINA
Raúl Bartolomé
, fue un hombre muy inquieto en la búsqueda de oportunidades de negocios, avizorando con acierto dónde una inversión podía ser rentable. Un día observó el paso de un tractor provisto de una cabina de madera, y pensó que se podían fabricar incluso de mejor calidad y con materiales más duraderos.

Recurrió entonces a Martín Orfilio López, que era un calificado operario de la metalúrgica Garbarino, y con él armó una sociedad de capital y trabajo, que fue el inicio de Agrocabina, dedicada precisamente, en un principio, a la construcción de cabinas para tractores. La empresa fijó su ubicación donde hoy funciona la Dirección de Higiene del municipio en la calle Pellegrini al 600, entre Baldovino y Llambías.

Aparecieron nuevas ideas, y el establecimiento creció velozmente, al punto de ocupar ya dos manzanas y superar el centenar de trabajadores, dedicados además de las cabinas iniciales, a operar en la línea de tanques para el transporte de combustibles al campo, casillas rodantes, acoplados, y jaulas para camiones.

En un cargo jerárquico, como Jefe de Planta, se desempeñó Héctor Perego, al que hemos aludido ya como uno de los valiosos personajes de esa generación de metalúrgicos, pilares de ese período fabril de oro para la ciudad. Era, además, el encargado de diseñar piezas y máquinas necesarias para el avance de la variada producción. Pasados los años ’70 “Agrocabina”, cercada por los embates de una economía incierta con su cadena de pagos en crisis, le corre un telón a su trayectoria.

CALIRI Y DEMARTINI

Bordeu, junto a Caliri (adelante) y Demartini

Esta otrora pujante empresa tiene su punto de partida en 1958 vinculando a Oscar Caliri, en la tarea administrativa y comercial, además de un activo partícipe de instituciones locales, incluyendo a la Cámara de Comercio e Industria, que presidió durante 12 años, y Luis Demartini, encargado del área técnica.

Primeramente, direccionaron el trabajo hacia los repuestos agrícolas, anexando luego la elaboración de cadena de eslabones de acero chatos a un ritmo de mil diarios destinados a cosechadoras, sembradoras y a molinos yerbateros de la provincia de Misiones.

La actividad se expandió a la fabricación de tanques de combustible de uso agrícola, plataformas para el transporte de cosechadoras, y cestos para envasamiento adoptados por importantes empresas como Kassdorf y La Vascongada, además de ser exportados a Suecia.

Una notable etapa de progreso alcanza con la incorporación de un proceso denominado “galvanoplastía”, y cromado duro con tecnología de raíz alemana, la que se aplicó exitosamente para la recuperación de cigüeñales de motores en general, entre ellos, los utilizados por las locomotores del Ferrocarril Belgrano y los equipos de perforación de las plantas de YPF en Plaza Huincul (Neuquén) y Comodoro Rivadavia (Chubut).

Las piezas cromadas también fueron requeridas por Fiat, para su planta de Ferreira (Córdoba), y automóviles de competición, entre ellos, el de Juan Manuel Bordeu, que ya había adoptado el amortiguador trenquelauquense “Elelín” de los hermanos Robles, y que, en Caliri y Demartini, sumó el cromoduro para su cigüeñal y otras piezas del motor.

Además, acrecentó a la gama de sus creaciones, balizas rotativas para el uso de patrulleros y ambulancias, y seccionadores eléctricos para líneas aéreas de baja y media tensión que abastecieron a las principales energéticas del país.

Caliri y Demartini, establecida al 1200 de la calle San Martín, empleó a unos 60 operarios en su momento de mayor apogeo, y dada la demanda creciente de sus productos también tuvo sucursales en Mar del Plata y Pergamino. Puso fin a sus actividades en 1993, a 35 años de su nacimiento.

Ha quedado expresado en estas cuatro entregas el orgullo de haber sido, la esperanza superadora de ser más, y finalmente la frustración de ya no ser.

Quizá encuentre respuesta en aquella lacerante metáfora de Atahualpa Yupanqui desde la aflicción de su exilio parisino: “Argentina es un país que avanza hacia el futuro reculando”.