Trenque Lauquen se alejó de la oportunidad histórica de constituirse en uno de los grandes polos agroindustriales de la provincia, y de referencia nacional, cuando transcurriendo la década del ’60 se fue consumando la desaparición de los mayores emprendimientos fabriles que alimentaron durante décadas ese sueño.
En esta, y en futuras entregas de su segunda temporada, “El Mirador” irá repasando esta historia, no sólo para renovar su recuerdo, sino como un homenaje a esa estirpe de hombres que avizoraron un futuro de mayor esplendor industrialista.

Al natural potencial productivo del campo, bendecido por la fertilidad de su suelo, capaz de producir las cosechas más copiosas, desarrollar una intensa ganadería, extendida al crecimiento de sus tambos, se sucedió la instalación de empresas, especialmente las del rubro metalúrgico que acompañó ese desenvolvimiento, vital para una economía. Sus frutos iban más allá de las fronteras del distrito y brindaron bienestar comunitario a través de la ocupación de una significativa masa de empleo bien remunerada.

Todo fue obra de inquietos visionarios trenquelauquenses, en buena parte formados en la antigua Escuela de Artes y Oficios, los que desde pequeños talleres iniciales armaron con el tiempo vigorosas fábricas que, en una acotada nómina, que más adelante se mencionará en amplitud, incluyó la fabricación de cosechadoras, molinos, sembradoras, arados, bombeadores, repuestos agrícolas y para electrodomésticos, autopartes para automotrices, y un amortiguador que hizo carrera en todo el país, además de muebles y leche en polvo de exportación.
¿Qué detuvo semejante impulso, que, de continuar en su ascenso, hubiera sido un imán para la radicación poblacional, atracción de mayores inversiones con diversificación de productos, y otros cuantiosos beneficios de los que hoy podría dar cuenta la ciudad y el distrito, al incidir en su crecimiento y calidad de vida de sus habitantes?

No hay que explorar muy profundo en la búsqueda de las razones que expliquen el desmoronamiento de ese período de oro. Al frente de estas ya históricas sociedades, no anidaban vaciadores de empresas, sino gente con la idea hasta quijotesca, desde el sacrificio, el trabajo, y la innovación, de que sus fábricas progresaran infinitamente.
En un grueso trazado, fueron impactadas sencillamente por los erráticos y bruscos cambios en la planificación y ejecución de las políticas económicas, desacopladas de las genuinas necesidades del país, dentro de un escenario contaminado por los frecuentes cimbronazos políticos e intervenciones militares que las condicionaron, y debilitaron progresivamente al sector.
Por el contrario, una adecuada política de fomento y protección a la industria, hubiera bastado para salvarlas de tan penoso naufragio, pero históricamente la gestión bonaerense no tuvo ese sello distintivo, como sí se implementó en otras provincias, que sedujeron y ampararon inversiones, acordándoles para ello, ventajas y beneficios.
LOS ORÍGENES METALÚRGICOS

A Rogelio Arzac se lo considera uno de los fundadores de la industria metalúrgica local, por ser quien desarrolló el primer emprendimiento de este rubro. Fue un inmigrante español que en 1905 decide luego con José Scala constituir una sociedad dedicada a la fabricación de repuestos para molinos y otros componentes de uso agrícola.

Además, desarrollaron aquellas legendarias “cocinas económicas”, de fundición de hierro, alimentadas a leña, que eran las que se utilizaban en todos hogares, cuando el gas era aún un recurso lejano, y bombas de agua manuales, de similar material, empleadas para extraer el líquido de la napa, a falta de las redes de agua corriente que hoy la proveen. Los años transcurridos les asignarían otro atractivo, ya que lo que representó algo vital para la vida diaria, en la actualidad se revalorizó como una antigüedad muy requerida para ornamentar espacios físicos.

La fábrica que operaba bajo la razón “Arzac y Scala”, se instaló, con maquinaria totalmente importada de Alemania, en Sarmiento al 300, y llegó a ocupar 130 trabajadores, mientras la producción era vendida mayoritariamente, a través de viajantes, en la Capital Federal y las provincias de Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe y Córdoba. La muerte del pionero Rogelio Arzac, ocurrida en 1937, concluye también con la vida de su creación.
Scala luego continuaría en soledad y más tarde asociándose para explotar “Scala y Del Solar”, portadora de una curiosa propuesta en el llamado a licitación para el embaldosamiento de la por entonces denominada plaza “General Villegas” (hoy San Martín), al ofrecer para ese fin, baldosas de hierro fundido, con el fundamento de una mayor durabilidad.

A su vez, crecía “Arbizú y Cervino” (también se suele mencionar al primer apellido con “v” en lugar de “b”, y aún sin acento en la “u” final) otra histórica fábrica trenquelauquense, nacida en 1913, que se situó en una media manzana que ocupó las calles Alsina, Dorrego y Mitre.

La línea de fabricación era similar a la anterior, llegando a trabajar en ella alrededor de 200 obreros. Esta empresa tuvo a su cargo también la fabricación de una veintena de columnas de hierro fundido destinadas a iluminación de la plaza principal de la ciudad.
En 1941, se produjo un tenso y duradero conflicto laboral, lo que determinó la drástica decisión de sus propietarios de buscar otros horizontes, hallándolo en Ciudadela, en el oeste del Gran Buenos Aires, que ya comenzaba a insinuarse en medio de un gran eje fabril, llevándose inclusive a personal especializado y empleados que prefirieron no perder su fuente de trabajo.

Es preciso destacar otro aspecto de la importancia de estos primigenios establecimientos, ya que permitieron reducir a la mitad el precio de los mismos bienes que antes debían importarse. La producción creció a un ritmo vertiginoso, al punto llegarse a fundir en sus hornos hasta 40 toneladas mensuales de hierro.
En aquellos años nacía una nueva sociedad, integrada por Enrique Arzac, hijo del pionero Rogelio, con los hermanos Manuel y Rafael Rodríguez, adquieren la planta de los anteriores e insisten en la misma línea de fabricación, aunque diversificándola a un mayor número de modelos. “Arzac y Rodríguez” empleó 80 operarios hasta 1958, año en el que se les hizo imposible afrontar una demanda imprevista.

A la empresa le había sido concedido un ventajoso préstamo bancario, con el que comenzaron a renovar la estructura del edificio, y maquinaria, tarea que se hallaba en plena ejecución, cuando abruptamente, como resultado de una de las periódicas crisis cambiarias, el pago del crédito elevó el costo del mismo hasta un límite que tornó también inviable la continuidad de la fábrica, y Trenque Lauquen canceló otra oportunidad de ir consolidando su perfil industrial.
CONTINUIDAD
El próximo domingo 10 “El Mirador” continuará recorriendo la historia del auge del pasado industrialista trenquelauquense, cuyo ocaso truncó el esperanzador futuro de un área clave para el desarrollo de un país.
Las fotos que ilustran esta nota pertenecen al valioso archivo del Dr. Roberto Mileo, a quien DataTrenque agradece por su generoso aporte.