Continuando con la secuencia que venimos desarrollando desde hace un par de semanas, referida al notable desarrollo fabril a lo largo de décadas que preanunciaban un futuro de esplendor industrialista para la ciudad, truncado primordialmente entre las décadas del ’60 al 70, acudimos en esta tercera entrega al registro de otras determinantes plantas.

Aquí es preciso resaltar el papel de los hermanos Rafael y Alfredo Robles, más conocidos por sus apodos de “Cholo” y “Quico” respectivamente, que dedicaron sus vidas a los “fierros”, pero que además alimentaron su pasión por la literatura, a tal punto que dos de las industrias de las que participaron fueron bautizadas con los nombres de “Ollantay” y “Elelín”, títulos de ambas obras del dramaturgo tucumano Ricardo Rojas, a quien admiraban.
El gran escritor, en cuyo homenaje fue instituido el 29 de julio, fecha de su fallecimiento, como Día de la Cultura Nacional, nunca supuso que una de las repercusiones de sus creaciones literarias terminaría mezclada en la historia de las industrias trenquelauquenses, y es de imaginar su sorpresa, cuando leyó la carta de los Robles pidiéndole autorización para nominar a sendos emprendimientos. Rojas accedió con regocijo, según lo manifestaba en una misiva que guardaba como un valioso recuerdo Teresa Novareux, viuda de “Cholo”.

“Ollantay” nace a comienzos de 1949, dándole impulso, además de los hermanos Robles, Mario Gastaldi, Raúl Ferraro, Aldo Piombi y Héctor Perego. Ubicada en la calle Cuello al 300, ocupaba una amplia porción de la manzana, donde actualmente se erige el edificio de artículos para el hogar de la Cooperativa Eléctrica, y otros espacios, y en la misma trabajaron alrededor de 40 operarios, en la tarea de fabricar engrasadoras para máquinas agrícolas con una producción anual que rondaba el número de 10 mil.
Deciden más adelante orientarla también hacia otro rubro al celebrar un lucrativo contrato con “Peabody”, una de las empresas líderes de ese momento en el mercado nacional de los electrodomésticos, a la que proveyeron de piezas y repuestos para su línea de heladeras, ventiladores, cocinas y lavaplatos.

La muerte trágica de Gastaldi, uno de sus principales socios, la quiebra de “Peabody” para la que trabajaban con exclusividad, con su secuela de una enorme suma incobrable, más el alejamiento de los hermanos Robles, que ya apuntaban a otra inversión, a la que aludiremos en otro pasaje de este análisis, sellan hacia 1953, el final de “Ollantay”.
OTRA METALÚRGICA
Pero a poco, en ese mismo lugar, cobraría vida “Metalúrgica Trenque Lauquen”, contando entre sus socios a Armando Cammisi e Ismael Garbarino, y proveniente de la anterior Héctor Perego, además del personal que fue absorbido por la nueva sociedad para ocuparse de la fabricación de campanas de freno, a un ritmo de entre 4 y 5 mil mensuales, vendidas a automotrices nacionales.
En 1974, es adquirida por un grupo empresario de la Capital Federal, que conformaban los hermanos Guido y Florencio Del Franco y Julio Fernández, que poseían el establecimiento madre en San Justo, cabecera del partido de La Matanza, en el conurbano bonaerense. Entregaban la mitad de su producción a la automotriz Ford y el resto a otras terminales del rubro.
Al modificar su paquete societario también muda su nombre por IGMA (Industrias Generales Metalúrgicas Argentinas), y extiende su línea de fabricación a discos de freno, mientras se instalan en Tres Lomas para la elaboración de llantas requeridas por la automotriz Fiat. Lamentablemente, la vecina ciudad perderá esa industria, cuando se la traslada a la central de San Justo.
En 1982, el grupo propietario afronta insalvables dificultades financieras que la conducen a la quiebra y al cierre de todas sus plantas, incluso la radicada en Trenque Lauquen. Una nueva frustración, que Julio Fernández, uno de sus accionistas atribuía “a la crítica economía general del país; todo lo que se producía se lo llevaban los intereses”, y agregaba el enorme perjuicio provocado por “haber perdido como cliente a Ford, que era nuestro principal comprador”.

Cabe aquí un reconocimiento para Héctor Perego, otro de los grandes artesanos de esa trascendente generación de emprendedores que venimos destacando, los que pergeñaron un estallido de industrias de avanzada, líderes en la región y de connotación nacional.
Perego, también había egresado de la Escuela de Artes y Oficios – hoy Escuelas Técnicas – que obró como una suerte de “fábrica” de talentos, inspiradora de los futuros desafíos de toda esa hornada de jóvenes. Se inició en la célebre Garbarino y continuó en las iniciativas empresariales ya comentadas, hasta contar con planta propia, destinada a la fabricación de carburadores y bombas de agua, que dio trabajo a una treintena de empleados.

Pasó por Agrocabina, que referenciaremos en el último capítulo de esta serie de notas, y en sus últimos años, su incansable espíritu hacedor, lo llevó a seguir satisfaciendo a los coleccionistas de antiguas joyas automovilísticas como los Ford T y Ford A, a los que provenía de carburadores. Dejó, además, una enseñanza y herencia en la continuidad de su hijo Héctor “Mochi” Perego y su nieto Fernando.
ELELÍN

En tanto, los hermanos Rafael “Cholo” y Alfredo “Quico” Robles, cofundadores de “Ollantay”, de la que se habían retirado, deciden instalarse con un tallercito de tornería en la calle San Martín 150, raíz de lo que enseguida se convertiría en “Elelín”, denominación de la otra obra de Ricardo Rojas, con la que le pusieron también un toque de romanticismo literario a la rudeza de la actividad mecánica.

A los Robles también los caracterizó una excepcional capacidad inventiva, patentando sucesivamente un engrasador para cosechadoras y automóviles, un dosificador de medicamentos para animales que bautizaron “Mickey”, y una tijera para esquilar, pero la más destacada de sus ideas se tradujo al concebir el famoso amortiguador, que tuvo una fecunda carrera en todo el país.
Así nace “Elelín”, que fue de brazo inicialmente, muy requerido para el uso de vehículos de gran porte como ómnibus y camiones, y posteriormente lo transforman en un modelo tubular. La producción comenzó a incrementarse, entonces fue necesario mudarse a un espacio de mayor dimensión, instalándose en la avenida García Salinas al 1200, y ocupando unos 40 operarios.

La calidad del amortiguador quedó evidenciada al adoptarlo la empresa “Chevallier” para sus micros de larga distancia, completándose con algunas ventas iniciales al Ejército Argentino para sus pesadas unidades, y a la automotriz IKA (Industrias Kaiser Argentina), la que, con sede en Santa Isabel, provincia de Córdoba, adoptó el producto para su línea vehículos denominados Jeep y Estanciera.

Pero además tuvo un extraordinario uso deportivo que se manifestó en los coches del Turismo de Carretera, la más popular de las categorías del automovilismo de competición. Eran ideales para esos vehículos en épocas en las que se disputaban las famosas “Vueltas”, circuitos en torno a ciudades, sobre todo de la provincia de Buenos Aires, que combinaban algún trecho de asfalto con otros de rudos caminos de tierra.

Varios pilotos de primera línea se inclinaron por la utilización del Elelín trenquelauquense, e incluso, uno de ellos, el balcarceño Juan Manuel Bordeu, que conducía la afamada “Coloradita”, tal cual la había identificado la afición fierrera, visitó en una ocasión la fábrica de los Robles para interiorizarse del trabajo que se realizaba en ella.
Un duro golpe para la sociedad fue la imprevista y prematura muerte de Rafael “Cholo” Robles, ocurrida en 1953, a raíz de un repentino derrame cerebral a los 35 años. Se incorpora, más adelante, otro de los hermanos, Luis Rogelio, o “Toto”, su apodo, pero en 1970, la empresa envuelta en apuros financieros, desemboca en una convocatoria de acreedores, e impone su cierre. Ya por entonces aparecen otras marcas de amortiguadores y la división del mercado también tornó compleja la competitividad.