DATA POSTALES: LA INDUSTRIA LOCAL USÓ UNA PIEZA DE UN BARCO ALEMÁN HUNDIDO EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL PARA FABRICAR PRODUCTOS Y HOY SOBREVIVE COMO RELIQUIA EN TRENQUE

Aunque la Segunda Guerra Mundial parecía lejana, un 13 de diciembre de 1939 estalló curiosamente en el Río de la Plata. Con el correr de los años, sus coletazos se instalaron en el país, y como una esquirla también cayó en Trenque Lauquen. Lo notable, es que aún permanece, a casi 90 años de aquel hecho.

¿Qué pasó? El acorazado alemán “Admiral Graf Spee” fue rodeado por tres naves ingleses que le infligieron graves daños en su estructura y bajas en su marinería. Se refugió en el puerto de Montevideo, pero pudo permanecer apenas unas horas allí, al fracasar las apuradas negociaciones.

Entonces, el herido buque alemán volvió al Río de la Plata, pero ya no para dar más batalla. Su capitán Hans Langsdorff, decidió evacuar toda la tripulación, y con un puñado de marineros que quedaron a bordo decidieron hundirlo mediante el uso de explosivos, no sin antes abandonar el barco. Cumplían con una vieja tradición marina: la de evitar su apropiación antes de entregarlo al enemigo.

No obstante, muchas de las piezas del legendario navío quedaron en la superficie durante un tiempo antes de naufragar definitivamente y encontrar su último sepulcro en el barroso lecho del Río de la Plata. Entre las más valiosas, el telémetro, que aún se halla en el puerto uruguayo, y la simbólica águila que sostenía la esvástica nazi.

Pero también otros partes del casco llegaron a Buenos Aires, una de las cuáles fue adquirida por el vecino Héctor Perego (foto), uno de los grandes artesanos de esa trascendente generación de emprendedores que dio vida a la más dorada etapa de la industria local.

Perego observó que esa pieza era fundamental para armar su matricería, ya que no se hallaba un acero de esa calidad y espesor que se fabricara en el país, y lo utilizó para componer con trozos de ese metal los moldes para el diseño y elaboración de varios de los productos de su establecimiento fabril.

En sus últimos años exportaba a los Estados Unidos, proveyendo de carburadores de Ford T y Ford A para regocijo de un grupo selecto de coleccionistas de estas primitivas joyas del automovilismo.

Con el tiempo, el último fragmento del Graf Spee quedó en manos de Ricardo “Pardal” Delfino, y hoy en poder de su hijo José, en la chacra que posee en un camino de tierra a unos 300 metros de la ruta 5.

Fue quien nos facilitó y agradecemos las fotos del último resto de la histórica pieza que se exhibe en la nota, y persiste como reliquia de aquella contienda mundial, y del pasado desarrollo de nuestra industria metalúrgica.