EL CANÍBAL DE DAIREAUX, EL ESPANTOSO CASO DEL HOMBRE QUE DESCUARTIZÓ A SU PADRE Y SE ALIMENTÓ DE SUS VÍSCERAS

Raúl Ernesto Piñel, siempre fue poco expresivo, casi silencioso y ensimismado. Entonces tenía 33 años, cuando en la fría noche invernal del domingo 29 de junio de 2008, hace 17 años, en una humilde vivienda de la calle Antártida Argentina del barrio Don Cándido de la ciudad de Daireaux, ingresó en la historia de la criminología argentina, como uno de los más siniestros parricidas, protagonista de un aberrante caso de canibalismo.

Raúl Ernesto Piñel

Mató a su padre, Raúl Prudencio Piñel, de 57 años, lo descuartizó, y se alimentó con parte de sus vísceras, preparando con ellas un plato a la provenzal, según relatan fuentes policiales y constan en el mismo expediente judicial tramitado en los Tribunales de Trenque Lauquen.

Su vida ya había atravesado por otras perturbadoras alteraciones en su salud mental, que motivaron sendas internaciones, ordenadas por la justicia, derivadas a la Unidad de Melchor Romero, partido de La Plata, la cárcel del Servicio Penitenciario Bonaerense que funciona como un neuropsiquiátrico.

A pedido de una hermana, y posteriormente de su madre, lograron externarlo, haciéndose cargo de su conducta, y la imposición de otras pautas, como la de suministrarle la medicación indicada, y la presentación mensual en la institución mental, condiciones de imposible cumplimiento para ambas mujeres, ya que Piñel se negó al cumplimiento de las mismas.

Frente de la casa donde se desarrolló el hecho

Había ingresado también al mundo del delito, formándosele causas por riñas callejeras, más los intentos de robar un auto, y en un campo cercano a Daireaux. Igualmente comenzaba a mostrar actitudes compatibles con la antropofagia, es decir, la tendencia humana de consumir carne de seres de su misma especie.

Una noche, en el cabaret “El Lagarto”, una empleada del lugar lo denunció por morderle la espalda, y hallándose detenido en la unidad penal de Urdampilleta, partido de Bolívar, en una ocasión no quiso ingresar a su celda, por lo que el guardiacárcel lo castigó dejándolo sin comida. La reacción de Piñel fue golpearlo e hincarle la dentadura en el cuello. Allí les dijo a otros reclusos que el diablo se le había aparecido en la celda.

Horrendo desenlace
Ya en libertad, ese día, sin que mediara ninguna circunstancia que hiciera previsible su conducta, atacó a su padre con un cuchillo y lo degolló, para luego descuartizarlo. Separó el corazón y los riñones y los puso en una olla, picó ajo y perejil y preparó un plato a la provenzal con esas vísceras.

La cocina en la que preparó las vísceras

A la mañana siguiente, un vecino golpeó la puerta de la casa porque pretendía compartir unos mates con su padre, como lo hacía habitualmente. Fue Piñel quien lo atendió y lo invitó a pasar, pero ya en una primera mirada se horrorizó al ver como el cuerpo descuartizado de la víctima ardía dentro de una salamandra. De inmediato dio aviso a la policía.

Cuando esta llegó, ni se inmutó, explicándoles, sin ningún indicio de pesadumbre ni arrepentimiento:

Ya curé y salvé a mi padre. Ahora me queda hacer lo mismo con mi madre.

El primer informe policial indicó que lo que se halló dentro de una olla eran los órganos mencionados de la víctima, fileteados y salteados a la provenzal, que Piñel ingirió casi en su totalidad. Apenas quedaban algunos restos en la cacerola.

La salamandra utilizada para incinerar a la víctima

Ante una consulta de DataTrenque al Dr. José Abásolo, que intervino en el caso en carácter de perito, el profesional refirió que le preguntó a Piñel por el destino de su padre. Sin ningún sentimiento de culpa le respondió: “Ahora, a papá lo llevo bien adentro”. Luego, el Dr. Abásolo dictaminó que sufría de síndrome delirante y que era paranoide, demente y esquizofrénico. Había sacado todos los boletos de la locura.

La Justica lo declaró inimputable, confirmando lo que para los vecinos de Daireaux no era más que una obviedad. Piñel era un enfermo psiquiátrico que no podía comprender la criminalidad de sus actos, disponiéndose entonces su alojamiento en Melchor Romero, donde pasará el resto de sus días, como si se tratara de una condena a perpetuidad.