EL CARDIÓLOGO QUE IDENTIFICÓ AL GEN DE LA MUERTE SÚBITA Y EL RECUERDO DE SU INFANCIA EN TRENQUE LAUQUEN

El médico Juan Pablo Ochoa se crió en nuestra ciudad. Y escribió para DATATRENQUE algunos trazos de sus memorias de niño y adolescente. La carta completa

El médico cardiólogo trenquelauquense Juan Pablo Ochoa se convirtió en los últimos días en una verdadera celebridad, y su descubrimiento científico que aporta un dato clave para detectar casos de muerte súbita se expandió por todo el mundo como un aporte clave para la salud de la humanidad.

Radicado desde fines de julio del 2014 en el municipio de Oleiros, ubicado cerca de La Coruña, en España, y con 42 años, desempolvó trazos de sus recuerdos de infancia y adolescencia en Trenque Lauquen y los plasmó en una carta enviada a DATATRENQUE.

“JuanPa”, como se lo conoce de toda la vida en su ciudad, hoy vive en una zona tranquila de España. “Estoy enfrente de un bosque (jabalíes incluidos), y a unas 10 cuadras del mar”, describe para dibujar en la imaginación la paz del ambiente en el que actualmente disfruta de sus días. En la foto de portada se lo ve con la pelota en la cabeza.

En la misiva a continuación, muchos se reconocerán en las aventuras, otros por sus nombres y apellidos, otros por las anécdotas, olores y colores. Lo cierto es que, en tono poético, con prosa sencilla, inteligente y descriptiva, Juan Pablo Ochoa, el cardiólogo del que hoy habla el mundo, vuelve por un rato con sus recuerdos a Trenque Lauquen para que todos nos subamos con él a dar una vuelta a un pasado feliz… muy feliz.

EL TEXTO COMPLETO: “EL ESCALÓN MÁS ALTO DEL MUNDO”

Un número telefónico y una dirección fueron las dos primeras cosas que me enseñaron a memorizar mis padres: 22261 y Cuello 76. El primero estaba asociado a la Tienda Barreiro, lugar donde siempre se podía localizar a mi viejo. Para muchos, aguantadero de la subcomisión de futbol del Club Ferrocarril Oeste. Para mí, un parque de diversiones infinito al que cada día le encontraba un juego nuevo. La recuerdo con muchísimo cariño, aunque la pobre no haya podido sobrevivir a la sobredosis de pizza con champagne del menemismo.

La segunda, Cuello 76, era la dirección del centro del universo. Desde allí se expandían los diferentes caminos que me comunicaban con otros reinos, gobernados por mis amigos de la infancia. El mío era el más hermoso de todos, aunque debo reconocer que tenía muchísima competencia. No superaba las maravillas naturales de la quinta de Juani Rivera, carecía de una obra monumental como la canchita de Ferro (que pertenecía a los dominios del Rolo Martínez), y era difícil igualara la sirena de los bomberos que le hacía de fanfarrias al reino de Nacho Díaz. A pesar de esto, había algo que hacía único al mío: desde la mismísima entrada (que como en todo castillo, no era una puerta sino un portón) se podía divisar la estación del Ferrocarril. En aquellos tiempos el tren todavía rugía, y yo solamente tenía que cruzar a la hora señalada, como si de un buen western se tratara, para ver a la mole llegar y partir. Era especialmente bonito cuando nos arropaban las estrellas de esas cálidas noches de verano, y mamá nos llevaba a mí y a mis hermanos a inventarnos historias en el andén. A veces el evento era acompañado por un helado de Mabe (chocolate Bariloche y dulce de leche granizado, sin discusión), lo que constituía otra de las reliquias de mi reino. No había teléfonos celulares ni tabletas y el cable era solo para privilegiados, pero era mucho más fácil ser feliz con lo que se tenía. Iba a escribir  “ser feliz con poco”, pero me di cuenta a tiempo que el amor de una madre inventando historias de la gente bajando y subiendo de los vagones es lo más inmenso que alguien puede tener.

Mamá solía decir que las dos cosas que le cambiaron la vida fueron los pañales descartables y el lavarropas automático. Yo estaría en la duda, pero se cuál fue la cosa que cambio mi vida en la infancia: la rojita, mi primera bicicleta. No sé qué edad tenía cuando me la regalaron, pero debo haber sido muy chico, porque creo que ahora el bólido no superaría la altura de una banqueta. La usé hasta que los reyes decidieron traerme otra el día que notaron que las rodillas me sangraban porque golpeaban en el manubrio. Mi universo en ese entonces se limitaba a dar la vuelta a la manzana o cruzar a jugar en el playón de la estación. Esta última actividad era supervisada por la atenta mirada de mi guardia real: los fleteros que aparcaban enfrente de casa, del otro lado de la calle. Debido a que no podía existir reino ninguno sin caballería, algunos de los fletes todavía eran conducidos por alazanes. Supongo que mi condena al exilio los habrá desterrado, pero esa ya es otra historia.

La rojita no expandió mis tierras, pero hizo que las pueda recorrer con la grandeza que me correspondía. El aire golpeando mi cara me ungía de poder. Era yo y el mundo, que me pertenecía. Pero lamentablemente, no existen buenas historias sin tragedias. Y esta no va a ser la excepción. Yo era como Aquiles, y estaba escrito que debía haber algo que me hiciera terrenal, humano. Mi talón estaba en mi propio reino, recordándome todo el tiempo la impotencia y el miedo. Esa monstruosidad abominable, levantada por alguna fuerza sobrenatural. Alguna vez me dijeron que fue el hombre, aunque esas obras solo son propias de los Dioses.

El escalón más alto del mundo se erigía hacia el poniente, aunque no recuerdo bien si se localizaba en los límites de lo de los abuelos de mi amigo Javier Andrade, o de la casa de “lo de Pascual” (google maps parece inclinarse más por esta última opción). El corazón se detenía cada vez que me tocaba enfrentarlo. Lo encaré mil veces, y mil veces tuve que abandonar la gesta. Y cada vez que tenía que desandar el camino, o resignarme a cabalgar en la planicie del playón, era sentir otra vez el fracaso en la piel.

No recuerdo demasiado de aquel día. Mentiría si hablase del clima, o de los atuendos que me cubrían. Solo recuerdo que estaba completamente solo. A diferencia de otras veces, los vítores de otros caballeros estaban ausentes, y no había nadie enseñándome el camino. Tampoco recuerdo que fue lo que me empujó a  emprender semejante gesta, aunque lo más probable es que no haya pensado nada, y simplemente ya era tarde para frenar. Medescubrí con las ruedas de la rojita suspendidas en el aire, el ceño fruncido, y los dientes apretados. No sé si algo pasaba por mi cabeza, aunque un… “me hago mierda”… creo que se acerca bastante. La suerte estaba echada. De repente las ruedas tocaron el piso, mi cabeza pegó un latigazo, y la rojita comenzó a balancearse para un lado y para el otro. Yo con todas mis fuerzas tratando de mantener el rumbo. Clavé los frenos, con la poca energía que me quedaban, y luego de unos metros de incertidumbre pude apoyar los pies en el piso. El corazón ya no estaba detenido, y latía con tanta fuerza que parecía salirse del pecho. Y me sentí completamente libre, por primera vez.

Creo que desde aquel día, cada vez que usé la rojita no deje de saltar nunca al precipicio. Sin embargo, la adrenalina fue cada vez en menos, y también la importancia que le daba a la conquista. La rojita paso a mejor vida, yo crecí, e incluso fui obligado a dejar mi reino. El tiempo, que todo lo engulle, se encargó de hacer el resto. Debo haber pasado por aquel escalón miles de veces, ya que era una escala obligada antes de pasar a buscar al Pollo Hernández por la casa antes de continuar la ronda por lo del Gordo Mora. Hice ese camino al menos la mitad de los días de mi adolescencia. A veces invertíamos escalas, pero era lo mismo, ya que inevitablemente me tenía que cruzar con él. Pienso que dejé de prestarle la atención que merecía, aunque más de una vez lo miré con nostalgia.

Releo por última vez el texto, y me doy cuenta que en la historia hay algo que no encaja, que está mal. Me he engañado muchas veces diciéndome que siempre me la he jugado. Sé que es mentira. Esos eran los saltos fáciles. En la mayoría de los difíciles me he quedado arriba mirando. Vuelvo a leer, y veo que todo el tiempo estuvo ahí. Me acabo de dar cuenta del error. No fui libre cuando clave los frenos, ya aterrizado y seguro en la vereda. Solo se trataba de dejarme llevar y saltar. La verdadera libertad la tuve en el aire, cuando no sabía cómo iba a terminar. Para eso estaba allí el escalón más alto del mundo.