En una extensa nota que publica en su edición de hoy el diario “La Nación”, firmada por la periodista Micaela Urdinez, y titulada “Niños rotos”, se hace referencia a algunos de los programas reeducativos en cárceles de la provincia de Buenos Aires.

Entre otros, con la incorporación de testimonios, destaca el rol esencial de la cooperativa de inclusión laboral “El Pase”, fundada por Martín Herrero, que contiene a internos de la Unidad Penal “Las Tunas” de Trenque Lauquen.
En su información menciona palabras de F.G: Le duelen los dedos por haber estado todo el día cosiendo pelotas de fútbol en una fábrica. Son las 17.40 cuando se sube a la bici en una vereda de la ciudad de Trenque Lauquen. No tiene mucho tiempo y empieza a pedalear con fuerza los casi 10 kilómetros que tiene por delante.
“No puedo llegar tarde”, se repite este hombre de 37 años. Cruza la ruta. La recta de tierra indica que falta poco. Le quedan solo tres minutos. Hace el esfuerzo final y a lo lejos divisa el edificio, el techo a dos aguas de la entrada. Llega, se baja de la bici y a las 18 en punto se acerca con su DNI a la garita. Una oficial del Servicio Penitenciario de la Unidad 20 le toma sus datos y lo deja ingresar a ese lugar en el que, hace más de cuatro años, está cumpliendo una condena.
HIJOS DEL DESAMOR
Según Herrero “Los ves tan quebrados, tan hijos del desamor. Vienen de lugares de muchísima precariedad, no tenían contención familiar. Si no se revierten esas historias, terminan presos. No todos tenemos la misma suerte de nacer en un espacio con afecto”.

Después de varios años trabajando con la pastoral carcelaria, fundó la Cooperativa El Pase en 2015. Por allí, ya pasaron alrededor de 164 internos que además de aprender a hacer pelotas de fútbol, recibieron contención y encontraron un espacio para armar un proyecto de vida afuera. Para él, el camino es el amor, la escucha, iniciar un proceso en el que ese joven pueda hacerse cargo de sus errores, reconocerlos, recuperar su autoestima y volver a conectar con un propósito.
Precisamente en el marco de su visita a la Argentina del mes que viene, el papa León XVI decidió poner en su agenda a dos grupos sociales: las personas con discapacidad y las que están privadas de su libertad y destacó desafíos pendientes del sistema penitenciario como el hacinamiento y las limitaciones en los programas educativos y laborales.
Ante este escenario, existen instituciones y referentes en nuestro país que eligen poner el acento en la prevención y mirar el problema desde el germen: la infancia de los chicos en conflicto con la ley. La educación aparece como una estrategia fundamental para que el único camino posible no sea la calle, después las drogas y más tarde la delincuencia.
UN PERFIL
Para Diana Márquez, coordinadora nacional de Víctimas por la Paz “si tuviera que hacer un perfil de las personas privadas de su libertad, menciona cuatro aspectos: son de bajos recursos, no tienen educación, arrastran problemas familiares y están en situación de consumo”.
Francisco, otro recluso de Las Tunas, plantea su caso: “mi mamá trabajaba todo el día. A la noche, nos dejaban dentro de un autito y se iba al basurero a cielo abierto a revisar las bolsas para sacar ropa. Se quedaba a la madrugada lavándola para mandarnos al otro día al colegio”.

Comparte una casa con nueve internos y, entre todos, se organizan para limpiar, cocinar y hacer las tareas domésticas en una instancia previa a la libertad. De lunes a sábado, trabaja en El Pase, que en la última etapa de su condena dedica su tiempo a la fabricación de pelotas artesanales.
En su relato por momentos se quiebra, como ese nene que a los 9 años empezó a alcanzarle baldes de cemento a su papá en las obras y, a los 13, ya salía a trabajar. Cuando algunas imágenes vuelven a su cabeza, el cuerpo se le estremece: él corriendo de su casa para evitar los golpes o consumiendo sin parar para soportar la desolación.
“La mejor manera de corregir a un hijo es con amor. No es agarrar un cinto, un cable o un palo. El castigo físico se queda inculcado en uno y, sin darse cuenta, lo naturaliza. Yo he tenido mis errores y lo voy a reconocer”, dice.
RECONSTRUIRSE
En su casa se respiraba violencia y la escuela no era un refugio. La había dejado. Empezó inhalando nafta, después vino el consumo de alcohol y de marihuana. A los 16 años probó la cocaína. Llegó un punto en el que ninguna anestesia tapaba el gran dolor que tenía. Me quise matar muchas veces tomando cocaína y no lo pude lograr. Al final, caí preso por venta de estupefacientes.
Prosigue: “En cada costura que vas haciendo vas desarmando un pedacito de tu vida y la volvés a construir sanamente, con paciencia. Te empezás a dar cuenta de que el responsable de estar en este lugar sos vos y te hacés cargo de tus errores”.

Otra cosa que me enseñaron acá es a gestionar las emociones. Está contento. Le acaban de avisar que en unas semanas le van a dar el diploma de la secundaria que terminó estando preso. La libertad también está cerca.
Durante el proceso, tuvo altibajos: se enojó, lloró, habló mucho. Hoy asegura que pedir disculpas lo sana, que se arrepiente de muchas malas decisiones que tomó en su vida y que la droga está cada vez más lejos porque ya no la necesita.
INFANCIA TRAUMÁTICA
En otro testimonio Jorge, de 32 años, narra su infancia traumática, los desbordes de su padre alcoholizado, los golpes de su madre, las drogas que aparecieron, los errores. Hace cinco años que está preso, y reconoce que en la Iglesia Evangélica lo ayudaron a volver a ponerse de pie y en su presente con su mujer, sus tres hijos y su trabajo como recolector de basura en Pehuajó.
De chico vivía con terror. Él era el mayor de cinco hermanos. Su papá tenía otra familia, a veces estaba, a veces no. Su mamá se lo reprochaba todo el tiempo y sus abuelos, que vivían a la vuelta de su casa, eran su refugio. “Éramos víctimas de un matrimonio roto. Muchas veces mi mamá se levantaba enojada y nosotros cobrábamos”.
“A los 12 años me fui pegándole a mi madre porque le estaba pegando a mi hermano. Mis papás ya se habían separado y me fui a vivir con él y su otra familia. Con un hermano de la otra mujer empezamos a caminar la calle y a hacer cosas que muchas veces no debíamos hacer. Robando. Al principio, cosas chicas como una bicicleta o en obras en construcción. Un día probé la cocaína y desde ese día nunca frené”.
A los 16 años perdió a su abuelo, la única referencia amorosa que tenía, y también tuvo a su primer hijo. Intentó dejar la cocaína, pero siempre volvía a caer. Empezó a vender drogas. A los 23, fue detenido. Un día, fue con su hermano a robar en un negocio. Los agarraron y estuvo cinco años en prisión.
Las personas que quieran colaborar para la construcción de un nuevo predio de El Pase pueden donar al alias elpase o comunicarse con Martín Herrero al +54 9 2392 49-4528.
Extracto de una nota y fotos del diario “La Nación”.