Escribe Hernán Sotullo
Desde Roma (Italia)
Apenas una losa de piedra, unos centímetros sobresaliendo del piso, y en inscripción horizontal “Franciscus”, obviamente Francisco, derivado del latín, el nombre que adoptó nuestro Jorge Mario Bergoglio, para profesar como Papa de la Iglesia Católica durante12 años. En lo alto, sobre una pared se eleva una reproducción ampliada de la cruz pectoral que completaba el atuendo del fallecido pontífice.

Así se ve su sepulcro, alejado de toda ostentación, que hoy, no sin contenida emoción, pude visitar, entre otros lugares sagrados e históricos, durante estos días de mi visita a Roma, la capital italiana. La sencillez que expresa su reposo eterno, no es casual, sino la prolongación de su extensa vida terrenal de 88 años, austera y ausente de todo artificio lujoso.
El ascetismo de su morada final difiere diametralmente de la suntuosidad que exhibe cada uno de los rincones de la Basílica Santa María la Mayor, en el centro romano, en cuyo interior descansan los restos mortales del Papa Francisco. Como un detalle de semejante exceso de fastuosidad, en su cúpula es fácilmente percibible el brillo del oro que luce, el que según se cree, provino de América, dentro del botín que a su regreso trajeron los conquistadores, donado después por los Reyes Católicos a la Iglesia.

Francisco eligió ser sepultado al lado de la Salus Populi Romani, la virgen patrona de Roma, de la que era un profundo devoto, a la que visitaba asiduamente para rezarle. Enfrente se levanta la capilla donde San Ignacio de Loyola, el fundador de la orden de los jesuitas, a la que Bergoglio pertenecía, celebró su primera misa. Sin duda, otro gesto que le suma un valor afectivo añadido al situar allí su sepulcro.
En marzo de 2013, había partido en un vuelo desde Buenos Aires para participar del cónclave de cardenales que debían elegir al futuro Papa, tras la renuncia de Benedicto XVI. Se lo vio en Ezeiza con un pequeño bolso, previendo su rápido regreso. Había dejado incluso a sus colaboradores las instrucciones para cumplir en los próximos días.

Sin embargo, una rápida votación y la característica fumata blanca, era indicativa de que el Vaticano había proclamado al nuevo pontífice, inclinándose por el argentino Bergoglio para ocupar la silla de San Pedro en la Basílica del mismo nombre. Y ya no volvió.
A diferencia de otros papas, jamás regresó a su tierra natal, ni siquiera a la hora de su muerte, a pesar de aproximarse en sus visitas a países vecinos como Uruguay, Brasil y Perú, y sobrevolar el territorio nacional en su viaje a Chile.
Aunque nunca se pronunció sobre esa negativa, no es difícil deducir que procuró evitar ser utilizado políticamente en medio de la profunda polarización existente, imponiéndose una suerte de lo que para él habrá sido un abrumador autoexilio.
En la misa celebrada en la Basílica de Luján, a un año de su muerte, quedó explícita que esa tendencia de desunión de la clase política persiste. Ni siquiera su expiración ha coadyuvado como bálsamo para acercarla hacia posiciones más amistosas y necesarias. Hasta la vicepresidenta Villarruel tuvo que tomar otro rumbo, producto de las inocultables diferencias con su propio partido.

Permanecer largos minutos frente a la circunspecta fisonomía de su tumba, es ratificar sin dudas, que allí queda explicada su extrema sencillez y humildad, aquel que prefería desdeñar el moderno vehículo con chofer a su disposición, para viajar en subte o en colectivo, o visitar las villas para conocer sin intermediarios las necesidades de sus congéneres.
El mismo que prefería “pastores con olor a oveja”, significando que los sacerdotes deben salir en la búsqueda de los más desfavorecidos, y acuñó para afrontar con éxito su evangelizadora misión el “recen por mí”. Es lo que hice al pasar por allí. Y lo que replican millares que a diario desfilan por el lugar.


