Escribe Hernán Sotullo
Desde Nápoles (Italia)
Mientras en Buenos Aires se desarrolla el enmarañado juicio oral por la muerte de Diego Armando Maradona, en Nápoles o Nápoli para los italianos, resucita y cobra vida, ya sea en los múltiples murales que no respetan paredes al costado de sus calles, como en la venta de la réplica de sus camisetas con el infaltable diez en la espalda y la publicidad pectoral de los populares tallarines Buitoni.
También se advierte en los múltiples y llamativos llaveros, láminas, y los más variados objetos que se ofrecen al paso, y en los comercios, bares y restoranes, donde no falta algún cuadro o cualquier referencia a su figura.
No descubrimos nada el percibir que, a un cuarto de siglo de su partida de la ciudad, en 1991, perdura una enorme idolatría popular que trasciende aún en niños y jóvenes que sólo lo vieron jugar observando en videos la destreza de su inigualable dominio de la pelota.

No es para menos, cuando Maradona, procedente del Barcelona, llegó allí en julio de 1984, el Nápoles no pasaba del fondo de la tabla, y hasta estuvo a un punto de descender a la categoría B. El argentino lo elevó a su máxima expresión ganando dos títulos nacionales en la A o “scudettos”, en italiano, la Copa de Italia, la de la UEFA, y una Supercopa.
Cómo los napolitanos pueden olvidarlo si con su endiablado juego se convirtió en la nave insignia para vestir de gigante a un desamparado y perdedor equipo del sur que hasta terminó humillando a los millonarios y poderosos clubes del norte como la Juventus, el Milan, y el Inter.

Nápoles, a orillas del mar Tirreno, y a unos pocos kilómetros del monte Vesubio, que en su erupción volcánica sepultó a Pompeya, sigue rendida a sus pies, a tal punto, que hasta su estadio San Paolo, fue rebautizado con el nombre de Diego Armando Maradona.
En la ciudad aún campea La Camorra, la organización mafiosa ligada al narcotráfico y la criminalidad, pero alejada del delito impera la religiosidad de su pueblo que se inclina ante el milagro de San Genaro, su patrono, cuya sangre sólida ha sido guardada en dos ampollas conservadas en la Catedral de Nápoles que se torna en líquida tres veces al año.
No debe haber ciudad del mundo que venere con tanta idolatría a una de nuestras máximas glorias futbolísticas. Caminando sus calles y curioseando en sus comercios, no dudamos que la pasión por Maradona se transmutó a otro milagro que promete ser eterno, nacido al conjuro del prodigio y magia de sus botines que los cautivó para siempre.
