HACE 50 AÑOS MORÍA EL GENERAL PERÓN. RETORNO, TERCERA PRESIDENCIA Y FINAL

Escribe Hernán Sotullo

El almanaque inauguraba el mes de julio de 1974, el día en el que hace medio siglo marcaba el ineluctable final en la vida del general Juan Domingo Perón, el hombre que, durante 30 años, gobernando o en el exilio, fue el ineludible centro de la vida política argentina.

Había amanecido nublado. No sería un día peronista. El reloj marcaba las 13,15 horas, y hacia poco más de 8 meses que le habían cruzado la banda presidencial por tercera vez. Antes, su cardiólogo, el doctor Pedro Cossío, junto a otros calificados colegas, incluyendo a Antonio Puigvert, el eminente urólogo catalán que lo atendió en sus 17 años de expatriación en España le habían desaconsejado el retorno al ruedo político para asumir tamaña responsabilidad.

De ese grupo que procuraba disuadirlo se hallaba también el cirujano y educador Jorge Alberto Taiana, quien tuvo el aciago encargo de firmar los certificados de defunción, primero, el de Eva Duarte de Perón en 1952, y luego, el de Juan Domingo Perón en 1974.

Llorando la muerte de Perón al paso del cortejo 

Su historia clínica no daba para una recomendación más benévola. Indicaba cardioesclerosis, cuadro por el cual parte del músculo cardíaco se convierte en tejido fibroso, estrechamiento de las arterias coronarias, tejidos pulmonares en proceso de gradual daño, avanzado estado de insuficiencia renal y pólipos en la vejiga. En síntesis, una salud en delicado equilibrio y sujeta a permanentes desajustes.

Al reiterado ruego médico, Perón, ya con su voz cascada, lo paró en seco: “Vean, en circunstancias como estas, los políticos nunca deben decir que no”. Años después, el doctor Raúl Alfonsín, que en 1983 le pondría el hito fundacional a la nueva aurora democrática, lo refrendaría: “Los políticos no se jubilan, se mueren”.

EL ALIENTO FINAL
El general, achacado por los años y a sabiendas de la precariedad de su salud, ya había resuelto ofrendar el último umbral de su vida, consciente de que se inmolaba en ese embalaje final. Ni por asomo se le ocurriría blindarse en el reguardo del descanso.

Se lo había confesado a Enrique Pavón Pereyra, uno de sus biógrafos, donde en “Yo Perón” el ex presidente habla en primera persona: “A mí se me había pasado el cuarto de hora, ya no era el mismo que se comía las paredes en el ’43 con ínfulas de conducir hasta lo que parecía inconducible”. Había otra evidencia, sin Evita a su lado, su cuchillo carecía del mismo filo.

Hubo un Perón previo. El escritor tucumano Tomás Eloy Martínez, salió fascinado de Puerta de Hierro, lugar de peregrinación de políticos y sindicalistas, cuando lo entrevistó en Madrid, y aprovechó su contenido para escribir “La novela de Perón”. En ella cita al militar Agustín Maidana, que mide con un ejemplo al general en su plenitud física: “Usted salía en busca de un caballo y ya Perón se lo traía ensillado”.

Ese era el del uniformado luciendo sus entorchados y montado en el caballo pinto. Ahora había devenido en otro de guayabera y zapatos de colores combinados, aunque sin perder su espléndida sonrisa y sus respuestas socarronas, que en el agónico tramo de su existencia ya no sentía nostalgias de aquel tiempo de sempiternas querellas.

HISTÓRICO ABRAZO
Lo inquietaba la incertidumbre del futuro argentino, que parecía condenado a continuar marchando en medio de trincheras irreconciliables. “El país está para el gato”, le respondía crudamente a un periodista. A sus 78 años se había definido como “un león herbívoro”, y por eso, en el límite de sus energías, cruzó de vereda para abrazarse con el líder radical Ricardo Balbín

Es la imborrable secuencia, que nuestra ciudad dejó perpetuada en el mural erigido al comienzo del acceso que lleva el nombre del ex presidente en su intersección con la colectora que homenajea al caudillo platense.

Vislumbraba en ese encuentro una fortaleza para enfrentar los vientos huracanados que se empecinaban en seguir soplando. Pronto se daría cuenta de la imposibilidad de construir algo superior. Su postrera súplica “Esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie” fue una exhortación desplomada en oídos sordos.

De tal magnitud que, a 48 horas de su aplastante victoria electoral, le tiraron el cadáver acribillado de su más leal aliado, el secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, aquel inmortalizado en la foto sosteniendo el paraguas para evitar que la lluvia salpicara al líder peronista en su primer regreso al país después de lustros de exilio y proscripción, el 17 de noviembre de 1972.

Al pisar el suelo argentino se extinguían todos los intentos del pasado para evitarlo. En diciembre de 1964, el boeing de Iberia en el que viajaba fue detenido en el aeropuerto de Río de Janeiro por un enmascarado acuerdo del gobierno radical de Arturo Illia con el brasileño de Humberto Castelo Branco, y obligado a regresar a Madrid.

Allí nacería la leyenda del “avión negro” por la tapa de un libro escrito sobre ese episodio por el periodista Ariel Hendler, donde dibujó una aeronave de ese color para ilustrarlo. Años después también se diluiría el provocador “no le da el cuero” azuzado por el general Alejandro Lanusse, entonces presidente de facto.

UN CAÓTICO ESCENARIO
Pero la decepción le enlutaría el ánimo cuando siete meses después al regresar definitivamente a su patria, el 20 de junio de 1973, para concluir el largo invierno al que lo condenó el golpe del ’55, su avión no pudo aterrizar en Ezeiza, y debió acudir a la pista alternativa de la base aérea de Morón. Entonces le escribía a su amigo, el empresario Jorge Antonio: “¡Qué bien estábamos en Madrid, cuando estábamos tan mal!”.

Abajo se desafiaban a plomo limpio fracciones antagónicas de su partido. Desde el aire percibió aquel día que el movimiento que supo manejar a su antojo ahora estallaba en sangre. Perón había acostumbrado a sus muchachos al poder, y a luchar por él, pero estos habían traspasado ese apetito con demasiada inclemencia.

Las turbulencias se convirtieron en un caballo desbocado, tan diferente al que el general montó en la estancia patagónica que administraba su padre, de dócil obediencia. Ya no había retorno para encarrilar las luchas intestinas que enfrentó con saña a la Triple A con los “imberbes” que el líder justicialista cuestionó destempladamente en la Plaza de Mayo el Día del Trabajador. El encarnizado enfrentamiento sería, no obstante, una inferior expresión de lo que sobrevendría: el infierno del genocidio desencadenado por las cúpulas militares a partir de 1976.

Pero Perón ya no estaba. Hacía casi dos años que su cuerpo inerte yacía en una cripta en el interior de la Quinta de Olivos. La historia se encargó de rescatarlo básicamente como aquel que había logrado aglutinar el 17 de octubre de 1945 la mayor movilización de masas de la historia argentina, aclamándolo con devoción, y quien había convertido a los humildes en actores sociales para siempre, aunque hoy los asole nuevamente la pobreza.

 La última aparición en público de Perón.

Abrigado con un largo saco gris rayado, cruzado, con una doble fila de botones, y de anchas solapas semicubiertas de piel, Perón, el 12 de junio, se asomó por última vez al histórico balcón de la Casa Rosada ante la multitud apiñada en la Plaza de Mayo. De sus voces y cánticos, sus oídos se llevarían en devolución, “la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”, como presintiendo que se le escurrían los días finales de su existencia en esa fría tarde de un otoño que también lo acompañaba ya en el límite de su ciclo anual.