Escribe Hernán Sotullo
Trenque Lauquen adoptó algunas características que la distinguieron. Una de ellas fueron sus bulevares con ramblas centrales para separar ambas manos, consecuencia, según el estudio histórico, en un principio, para posibilitar el desplazamiento de la milicia en su etapa fundacional.

“Calles anchurosas”, según el neologismo creado por el periodista y escritor local Francisco “Paco” Aznárez. Ese diseño original mutó con los años a uno más irregular cuando la población se fue extendiendo hacia algunos barrios más distantes del centro.
Otra de sus peculiaridades consistió en los quioscos instalados especialmente en las esquinas céntricas, los que guardan inolvidables historias, por el cometido que cumplieron y por algunos de los personajes que los atendieron. Hoy, la tendencia apunta a su desaparición, o derivaron a otros destinos muy lejanos a sus primigenias creaciones, ocupándolos, por ejemplo, para la venta de tickets para acceder al estacionamiento medido o para expender bolsas de residuos de una entidad social.

Los nuevos tiempos, cargados de modernidad, los desalojaron de su relevante presencia, sustituidos por comercios más amplios, los llamados “maxikioscos” que ofrecen múltiples mercaderías, más allá de las acotadas, que esos pequeños quioscos ofrecían, entre ellos los diarios, que prácticamente en la actualidad han sido abreviados por los sitios digitales.
LUGARES DE ENCUENTRO
Sin embargo, no han desaparecido de la memoria colectiva, como el de Bolaños, en la esquina de Villegas y 9 de Julio, al lado de la Farmacia Mayo, que ya no está; o el de Pocoví, en la otra, donde se levanta el edificio San Martín, además del erigido junto a un comercio de electrodomésticos, donde brilló anteriormente por años “La Galver”, con sus afamadas liquidaciones “del 20% real y positivo” y sus interminables “colas” de espera. Fue despachado por Goicochea y luego por Alonso, privilegiado para incrementar sus ventas, por su cercanía con el cine Monumental, los días de función.

No eran simples vendedores, sino diestros conversadores sobre la realidad política, y económica del país, pasando por los sucesos locales, o el comentario de lo que pasaba ante sus ojos. Fueron informantes insustituibles de su nutrida clientela, que a veces se reunía en ronda para discutidas charlas y divididas opiniones, tanto políticas como futboleras esencialmente.
Tampoco es posible olvidar el de Villegas y Uruguay, atendido por Carlitos Sánchez, que un día no pudo llegar a abrirlo ante la inquietud de los que lo aguardaban, ignorantes de la tragedia precedente. La noche anterior había sido asesinado en su vivienda la calle Alem, supuestamente por un par de ladrones, a los que, por aplicación del principio de la duda, no pudieron ser condenados, y su caso quedó impune.
Ocupaban espacios estratégicos, y por ello, muy codiciados a la hora de ser licitados, entre ellos, el de Cabeza, inevitable esquivarlo por la masiva concurrencia al Banco Provincia, o el Larramendi, en Villegas y Oro, derribado al ejecutarse la obra del Centro Cívico. Antes, fue el paso obligado de la legión de empleados de la compañía de seguros “La Primera”, cuando ésta lucía en su augusta bonanza.
Hoy sólo quedan como estandartes de un tiempo ido, atemperando su lenta agonía, como si para ellos Homero Manzi, el más notable de los poetas tangueros, le hubiera dedicado uno de sus inmortales versos: “Nostalgias de las cosas que han pasado / arena que la vida se llevó”