
El boliche fue uno de los grandes ritos urbanos de las ciudades y pueblos, donde, especialmente, los más humildes, encontraron el placer del esparcimiento al término de sus labores diarias.
Era la cita inexcusable para beber una copa de caña, ginebra o vino, compartir una pulseada de naipes, una charla, que a veces se tornaba tan áspera, que solo faltaba para concluirla “el relumbrón del facón” como lo pinta el tango “Silbando”. Algunos tenían adicionalmente alguna mesa de billar, y hasta una cancha de bochas.

“Un boliche como tantos, una mesa como hay muchas”, lo describe “Un boliche”, tal vez, uno de los títulos más significativos del género. Pero hoy la realidad se modificó, y casi ya no quedan. En su momento fueron hasta puntos de referencia cuando alguien preguntaba por alguna dirección, y se le indicaba el rumbo a partir de determinado boliche.

Han quedado en la historia de Trenque Lauquen, y en la memoria de viejos frecuentadores: Ríos, en Simini y Vignau; Frutos, de Monferrand y Oro; “El Pingüino”, Uriburu casi Monferrand; “Cheto” Barella, en Urquiza al 800; Badino, frente a los galpones del ferrocarril; “El Sapo”, en Quintana y Derqui, Fuentes, de Ameghino y Ugarte, y “El Rincón de los Amigos”, de Carlos Barella, en Gobernador Irigoyen casi Llambías.
También el de Candia, en calle Paso; Solito, de Pellegrini y Sáenz Peña; “La Estancia”, “La Enramada” del “Vasco” Muñagorri; el de Airolde, y “El Tropezón”, entre tantos. Más acá, el “Quique”, de Enrique Gobbi, en 9 de Julio casi Di Gerónimo. Enfrente, la rambla exhibe un monolito que muestra el contorno de una guitarra, homenaje a tantos artistas aficionados que pasaron por esos ya históricos refugios del entretenimiento popular.

Cada uno de esos boliches, han sido fuente inagotable de anécdotas y desfile de pintorescos personajes, que de “oído” nada más improvisaban cualquier melodía como si estuvieran leyendo el pentagrama en un imaginario atril, o simplemente se acodaban en el estaño con su vaso de vino en alto como celebrando que la vida les reservaba ese momento de felicidad.
En ese ambiente se repiten, entre otros, los nombres guitarreros de Domingo Tacunau, y sus aún pequeños hijos Nelson y Cacho, cuyo bautismo de fuego se dio en ese origen bolichero; Santos “Zurdo” Ressia, Adolfo Bouchet,” Tolo” Folco, “Chiche” Satti, “Negro” Cerezo; Carlitos Miranda; “Ciego” Talarico, el bandoneonista Emilio Monsalvo, más conocido como Flores e Ismael Pérez, todos miembros de una incompleta cofradía de protagonistas que convivieron ese tiempo dentro de esta sagrada atmósfera bolichera.

A modo de resignación y nostalgia, ubicamos uno de estos sobrevivientes en la esquina de Regimiento 3 de Caballería y Mariano Moreno. En su ochava, sin pretendida ostentación, se lee simplemente “Bar”. Su interior lo completa una mesa, y a su alrededor, habituales parroquianos.