LA SEGUNDA MUERTE DE SOLANGE

Escribe Hernán Sotullo

La pandemia provocada por el coronavirus, tan prolongada en el tiempo, sembró una anomia generalizada, donde cada provincia, y hasta municipios, hicieron un uso desmedido en la interpretación de las normas, provocando daños insalvables en situaciones límites, que sólo era posible sortearlas apelando nada más que a un bienaventurado y noble gesto de humanidad. La fría letra excluyendo al corazón.

Una de ellas, fue el de Solange Musse, una joven de 36 años, invadida por un cáncer en su fase terminal, a cuyo padre, Pablo Musse, impidieron proseguir su marcha en un control en la localidad pampeana de Huinca Renancó, cuando acudía al último abrazo con su hija quien se hallaba internada en una clínica cordobesa de Alta Gracia.

Había viajado durante diez largas horas desde Plottier, en Neuquén, y obligado a regresar a esa ciudad, escoltado por varios patrulleros, como si se tratara de un delincuente de alta peligrosidad. La fatuidad del poder, en su expresión de mayor crueldad.

Solange murió días después, en agosto de 2020, sin poder encontrarse con su progenitor, su último deseoSu caso se convirtió en un símbolo del dolor y la injusticia que aún perdura, al ser absueltos dos de los responsables de tan arbitrario acto de sinrazón.

Una familia atropellada por la necedad de las autoridades, que desoyeron las excepciones humanitarias que preveían los protocolos, ignorando un pedido tan sagrado como el de permitir el reencuentro de un padre con su hija, sin chances de sobrevida. Un nuevo sufrimiento a la enferma, que sumó al dolor físico el emocional.

Ese abrazo postrero, hubiera operado como el bálsamo imprescindible para una vida apagada en medio de la tristeza por su ineluctable final. Ya se sabe que, si el alma no aguanta, menos lo soporta el cuerpo. La presencia siempre ocupa todo el espacio afectivo. La ausencia, lo contrario.

El escritor austríaco Stefan Zweig, inspirador de la película “Grand Hotel Budapest” dejó allí una sentencia que estremece, y que bien podría aplicar al caso de Solange Musse, cuando describe procedimientos de nula civilidad frente “al matadero salvaje que alguna vez fue la humanidad”.