Pablo Novak, el último habitante de Epecuén, la población del partido de Adolfo Alsina, devastada por la inundación que la cubrió en su totalidad, falleció en las últimas horas, a los 93 años.

La tragedia sucedió a fines de 1985, cuando el terraplén levantado para soportar las aguas del lago cedió y la villa quedó sepultada por ese desborde. Se aseguraba que esas aguas tenían propiedades medicinales solo comparables a las del Mar Muerto, lo que atrajo a miles de personas que la convirtieron en un lugar turístico de excelencia dentro de la región. Hoy es sólo un atractivo a nivel mundial, y sus ruinas son tema recurrente de documentales, libros, visitas, y escenario de distintos espectáculos artísticos.
Novak contaba que vivía en Epecuén porque, era el lugar que lo hacía más feliz. Había nacido allí, y refería que su familia progresó gracias a un horno de ladrillos, con los cuáles se construyó la mayoría de las edificaciones del lugar. Allí también se casó y tuvo diez hijos, que con la inundación se instalaron en Carhué, distante a 10 kilómetros.

Pero él se acomodó en una casilla sobre una de las calles que había resistido sobre la superficie. La pandemia obligó a su familia a mudarlo a una residencia de gente mayor para su mejor cuidado. “Para mí fue como estar preso, soñaba todos los días con regresar”, sostenía. Y lo hizo para convertirse en el último y único habitante de Villa Epecuén.
La recorría diariamente y era el consultor de turistas y periodistas, a los que colmaba sus expectativas con las historias y recuerdos del poblado. Vivía en una casa donde no tenía electricidad, se iluminaba con un sol de noche, heladera a gas y cocina a leña. Una vieja radio a pilas lo acompañaba para no quedar totalmente desconectado de las noticias, ayudado también por un celular que sus familiares, que son los que le alcanzaban las provisiones necesarias, le habían obligado a tener.

En ese escenario fantasmal de ruinas, su presencia se convirtió en una postal de ese mundo habitado por escombros y árboles blancos, quemados por el agua salada. Fue el último habitante en deambular por las calles, en medio de tanta desolación.
Tiempo atrás, en enero de 2020, Novak había sido distinguido como Embajador Cultural y Turístico del distrito. Con su muerte, se apagó la última luz que se divisaba desde lejos, cuando en las horas que precedían a la noche encendía su añoso farol.


GRACIAS POR LAS FOTOS A MANUEL BENEITEZ