Escribe Hernán Sotullo
El rigor del mal tiempo prolongó este año la culminación del cada vez más exitoso y concurrido ciclo “Música en la Estación”, denominado así, ya que precisamente se desarrolla en el playón del ferrocarril, que, en tiempos distantes, aún arenoso, ocupó el estacionamiento de los vehículos que arrimaban o aguardaban a pasajeros, ante la inminente llegada de un tren, previo a la iniquidad que devastó el sistema ferroviario.

Hoy, allí cada sábado, se desarrolla la feria EcoFines, y si tenemos que acudir a su historia, en el lugar se fundó el club Ferro Carril Oeste, y el 19 de febrero de 1946 se detuvo la formación con la que realizaba su campaña política, el entonces coronel Juan Domingo Perón, para dirigirse a una multitud, en una de sus postreras arengas preelectorales, que cinco días después lo consagrarían en las urnas por primera vez como presidente de la Nación.
Mucho antes, en diciembre de 1900, se bajó en ese anden Julio Argentino Roca, el primer presidente en llegar a Trenque Lauquen, siendo su anfitrión el entonces intendente Antonio Llambías, con quien recorrió la ciudad, y de aquí partió hacia su estancia “La Larga”, en el distrito de Daireaux. Tenía allí a su amante, una rumana que había conocido en un viaje a Europa y a la que le construyó un chalet, a metros del casco principal.

Muchas más historias podrían narrarse de ese ya histórico lugar, pero quiero acercarme a la más actual, la del disfrute de la melodía y el baile, que fecunda en cada convocatoria “Música en la Estación”, y a Osvaldo Ros, figura excluyente de su creación en 2008, cuando ejercía la Dirección de Cultura del municipio, que gobernaba el Dr. Jorge Barracchia.
Pero la singularidad que rodea a este clásico de cada verano, es que estuvo a punto de no nacer, ya que Osvaldo se encontró con la negativa inicial del Gordo, que, obsesionado con la obra pública, cuidaba que cada área municipal, no le retaceara el mínimo centavo, que se podía ahorrar para destinar al fondo de ese espíritu constructivo, que lo caracterizó en el ejercicio de sus mandatos.
-¿Cuánto va a salir esto?, era su pregunta, con un tono más de rechazo que de aquiescencia.
Barracchia, no obstante, prefería invertir en eventos popularmente masivos como los corsos y la celebración del Día del Estudiante, donde hasta participaba festivamente bailando mezclado con las comparsas o entreverado entre las carrozas estudiantiles.

Ros fue insistente, presagiando que su idea prosperaría exitosamente. No era un improvisado en plantear un nuevo desafío. Ya su vida estaba fuertemente marcada por una prolongada trayectoria en el mundo del arte, sobre todo, en el contexto teatral, como actor, director, y formador de nuevos comediantes, una granítica vocación que lo llevó hasta abandonar un destino más sólido.
El Gordo meneó su cabeza observando los gastos que devendrían por la puesta en marcha del proyecto y finalmente aprobó las cuentas que le acercó, que comprendían esencialmente el pago a los artistas, sonido y el alquiler de sillas, pero que además tenía un costado solidario, ya que cada noche alguna institución explotaría la cantina para darle un aire extra a sus infinitas flacas finanzas.
Así, parió el sábado 8 de enero de 2008 “Música en la Estación”, que no fue golondrina de un solo verano. Por el contrario, la fiesta estival para alborozo de la comunidad no se detuvo hasta la actualidad.

Lo que emergió como una novedad, se transformó con el correr de los años en una infaltable costumbre que adquirió perdurabilidad, ya que los sucesivos gobiernos comunales la adoptaron como una política ininterrumpida. Por eso, y como un homenaje a su creador, no vendría mal que, en su venidera temporada, se pensara que el evento debiera adicionar su nombre, y pasar a denominarse “Música en la Estación Osvaldo Ros”. Tan simple como un acto de rigurosa justicia.