Un grupo de laicos pertenecientes a la comunidad de la Iglesia Católica ha comenzado la tarea de reunir firmas al pie de una nota, que luego le será entregada al párroco local Juan Pellegrino, para que, a través suyo, sea elevada al Obispo diocesano Ariel Edgardo Torrado Mosconi, con la finalidad de que, a su vez, dicha autoridad eclesiástica pueda discernir la posibilidad de abrir el proceso destinado a la beatificación del sacerdote Pedro Traveset.

“El Padre Pedro”, como todos lo reconocían en Trenque Lauquen, ha sido uno de los curas más queridos por la feligresía católica local, a la que sirvió en su última etapa como párroco, y como representante legal del Instituto “Presbítero Miguel Di Gerónimo”.
En su homenaje, hoy una de las calles de la Ampliación Urbana, ha sido bautizada con su nombre, una estampita suya, también circula para quienes deseen orarle, y se editó en 2017 el libro “Señor, Tú me llamaste” con recuerdos, anécdotas y mensajes del sacerdote.

Muy poco antes de su muerte, imprevistamente a través de las redes, se convocó a una misa de despedida. Ya enfermo, y con signos avanzados de su enfermedad había decidido retornar a España, su patria natal, y terminar sus días terrenales junto al afecto de sus familiares.
Una multitud, pocas veces vista, colmó la iglesia Nuestra Señora de los Dolores, incluso excediendo el interior de la parroquia, y allí el Padre Pedro, al culminar la misa y agitando la mano en alto, ante la imposibilidad de saludar a cada uno de los conmovidos asistentes, manifestó en ese gesto, su adiós definitivo a la comunidad. Tiempo después, llegó, atravesando el Atlántico, la inevitable y triste noticia de su deceso. Fue el 25 de abril de 2012.
“Explicaciones no hay, sabemos que estamos de paso, y no nos podemos quedar aquí eternamente”, había sentenciado con su acento español, que nunca perdió, en una de las tantas notas periodísticas que se le hicieron. Hace trece años, ese final ineluctable también lo había alcanzado a él.

Natural de Sant Quirce de Besora, un pueblito muy pequeño en la provincia de Barcelona, que el describía en su pintoresquismo: “Toda montaña y entre dos ríos”. En el comienzo de su infancia, estalló la Guerra Civil Española, a la que sobrevivió llevado de la mano de su madre, ya que ni bien veían merodear los aviones sobre el pueblo, corrían a guarecerse en las grutas naturales de la montaña para protegerse de los bombardeos.
En una misa de agradecimiento por la culminación del conflicto, contaba que lo miró al cura que la oficiaba, y mirando a su madre, le dijo con firmeza “Yo quiero ser como él”. Había puesto su vocación en marcha, que el Seminario terminaría de moldear.
En 1963 llegó a la Argentina, donde fue además párroco de la Catedral de 9 de Julio durante 23 años. Pero Trenque Lauquen era el lugar de su devoción, al punto que solía repetir que cuando en 9 de Julio le preguntaban por lo más lindo de esa ciudad, respondía “la Terminal, porque desde allí tomo el micro que me lleva a Trenque Lauquen”. Aquí, se quedó otras dos décadas, hasta su inesperada partida para abrazarse a su familia española en el último tramo de su existencia.

Dejaba en su despedida a una comunidad dolida por su alejamiento, a la que sirvió como un bálsamo para quienes acudían a verlo en procura de encontrar en su palabra un refugio a sus dudas, carencias, y padecimientos. Cada mañana, muy temprano, se persignaba ante el Cristo crucificado en el templo, y escoltado por su fe, y el poder de la oración, salía a la calle para llevarle alivio al alma de quien lo necesitare.

La labor pastoral del padre Pedro fue intensa: visitas a la clínica, al hospital municipal y a los enfermos en sus domicilios. También se ocupaba de la Pastoral Carcelaria, en el establecimiento de Las Tunas, donde celebraba misa y dirigía la catequesis de los internos. Ya en septiembre de 2006 había recibido la distinción de Divino Maestro por la Consudec, el organismo de carácter nacional de la Iglesia, que encarna a la educación.

Ahora, la comunidad católica quiere testimoniarle un reconocimiento mayor, por su generoso ejemplo de consagración plena a su ministerio, aunque obedeciendo a la decisión final del Obispo diocesano de permitir la apertura del proceso hacia su beatificación. Para ello, todos los fieles que deseen adherir podrán hacerlo en las distintas misas y en la secretaría parroquial.