“QUERIDOS REYES MAGOS”

Escribe Hernán Sotullo (*)

Como aquella idealizada y precoz noviecita, repleta su rostro de sonrisas, pecas y trencitas, las vacaciones sin horarios escolares, extendidas en interminables partidos de fútbol en la rambla con la pelota de goma, imaginando a los cracks de nuestros equipos favoritos, o los fabulosos cuentos del vecino que nos ilusionaba con un árbol que se erguía en el fondo de su casa, cuyo fruto aseguraba eran bicicletas.

Cómo otras tantas fantasías de la edad de los sueños, fueron esas lejanas noches de Reyes, en las que la ansiedad apenas nos permitía pegar los ojos, sospechando lo que hallaríamos junto a los zapatos al día siguiente.

Previamente, en el barrio, los chicos arriesgábamos las más diversas conjeturas para elucubrar extravagantes hipótesis. Para algunos, los hombres de Oriente entraban a la casa con sus camellos por el agujero de la cerradura de la puerta de ingreso, pero para otros, eran tan mágicos que atravesaban las paredes.

Todo transcurría mientras cortábamos pasto del patio que luego, junto al recipiente con agua, dejábamos al lado del par de zapatos y la consabida cartita, cuyo contenido ya conocían nuestros padres, y que invariablemente encabezaba el irremplazable “Querido Reyes Magos”. No había, ni habrá, ninguna otra fórmula que la sustituya.

Y después de haber dado mil vueltas en la cama, venía el temprano despertar, alejado de toda pereza, para hallar el deseo pedido. Por supuesto, que ya había desaparecido el pasto y el agua, sin dejar la menor huella o sólo algún vestigio de ella.

Todavía no habíamos leído a Sir Arthur Conan Doyle para representarnos a su detectivesco personaje Sherlock Holmes, con su inseparable ladero el Dr. Watson, y procurar imitar sus pormenorizadas deducciones, capaces de resolver los más intrincados y misteriosos casos.

Así, nuestra edad de inocencia no nos permitía contrariar hechos fácilmente refutables: ¿Cómo los Reyes podían visitar esa madrugada todas las casas del mundo simultáneamente? ¿O preguntarnos por el hambre y la sed insaciables de los camellos, que consumían el pasto y bebían el agua en cada uno de los hogares, sin que ninguna cantidad los conformara? Pero si hubiéramos ahondado en esas cuestiones, nuestra ilusión habría sucumbido irremediablemente muy pronto.

Pero crecimos, supimos toda la verdad, y ya no pusimos más los zapatos. Los Reyes Magos dejaron de pasar. Sin embargo, razonemos que Melchor, Gaspar y Baltasar realmente existen con sus camellos famélicos, y poblemos nuestras vidas de nuevas ilusiones, sueños, fantasías, esperanzas e imaginación, para que nos auxilien a construir otro país, el de la justica, la solidaridad, la convivencia civilizada, la riqueza equitativamente distribuida, y donde haya regalos para todos, para que nuevamente cobre fuerza aquel imbatible enunciado: “Queridos Reyes Magos”.

(*) Periodista. Escritor