SAN MARTÍN, EL HÉROE IMPRESCINDIBLE

Intuyó la inminencia letal del sueño eterno cuando José de San Martín le confiesa inquieto a su hija Mercedes “siento la fatiga de la muerte”. A las tres de la tarde de ese 17 de agosto de 1850 concluía su vida en Boulogne-sur-Mer, Francia, muy lejos de remotos países en los que había dejado el mejor retrato de sus hazañas, para hundirse luego en un cerrado ostracismo.

tumba

Ni imaginó que a partir de sus cenizas sería consagrado como el Padre de la Patria, el Libertador o el Santo de la Espada, se multiplicaran monumentos y bustos en su memoria, que su nombre fuera denominador común para ciudades, plazas, calles, colegios, hospitales, clubes y entidades de toda laya, edificios, bibliotecas, cines, teatros, y hasta sociedades comerciales, objeto de impresión en billetes, monedas y estampillas, inspiraciones musicales,  argumentos de películas, y análisis históricos y literarios.

O tal vez lo vislumbró cuando en su vejez alguna prensa en Francia lo bautizó como “el Aníbal sudamericano”, comparándolo con el militar cartaginés que cruzó los Alpes a lomo de elefante para combatir el poder romano. En su vida, había optado más por el renunciamiento y el ascetismo que por cargos, honores, y poder.

EN SOLO 10 AÑOS

Semejantes homenajes parecerían ser el resultado de un vastísimo itinerario. Sin embargo, se prolongó en escasos – aunque intensos – diez años, desde su llegada al puerto de Buenos Aires en marzo de 1812 y su regreso desde Perú, clausurando su ciclo militar, en septiembre de 1822.

a caballo

Pero allí están encerradas todas sus glorias: la creación del cuerpo de Granaderos a Caballos y del Ejército de los Andes, el cruce cordillerano, y las campañas a Chile y Perú, para limpiarlas del dominio español y manumitirlas.

Curiosamente en la sustancia de sus proezas anidaba su formación española. A las 13 años, San Martín hacía misiones de riesgo en el norte de África contra los moros; realizó campañas de infantería en los Pirineos, entrenándose en la alta montaña, experiencia elemental luego para cruzar los Andes a 3 mil metros de altura, con temperaturas y vientos que congelaban, y persiguió naves inglesas en el Mediterráneo, comprobando la importancia del poder naval combinado con las tropas de tierra, fundamentos que utilizó en su exitosa incursión al Perú, enclave del poder español residual.

Ninguna improvisación. Se había formado en las más avanzadas estrategias de la época, incluso estudiando tácticas napoleónicas. Precisamente había desembarcado en el Río de la Plata como instructor de tropas para formar oficiales. En ese barco lo acompañaban además 17 militares británicos, uno de los cuáles, John Miller escribió que en el bautismo de fuego de San Lorenzo, nuestro prócer “probó la ventaja de la espada sobre la carabina”.

Por eso es difícil explicar una vida distinta separada de su conducta castrense. Rígida disciplina, sentido del deber, parquedad, desconfianza, casi sin amigos, y lo que algunos historiadores le achacan: un mínimo lugar para el amor, y cierto desapego afectivo.

SOLITARIO Y FINAL

Inscriben allí su casamiento con Remedios de Escalada, él de 34 años, ella de 15, luego de seis meses de noviazgo, unión de la que nacería su única hija Mercedes. Poco tiempo para el amor y la pasión. Cuatro años después partiría desde El Plumerillo, urgido por los trajines de la lucha independentista. Al volver del Perú, la encontró moribunda afectada por una tuberculosis avanzada.

Decidió enviarla a Buenos Aires, agregando un féretro, porque temía que pudiera sucumbir en el trayecto, mientras que él permanecía en Mendoza.

viejo

Murió enseguida. El general llegó meses después. Hacía años que no veía a su hija, que no lo reconoció. Antes de partir a Europa hizo colocar una lápida sobre el sepulcro de su mujer con una fría dedicatoria: “Aquí descansa Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín”.

Fuera de eso, jamás se jactó de amoríos, a diferencia de Bolívar que alardeaba de las 35 mujeres en sus 47 años de vida. Al parecer, sólo fue cautivado en su estancia peruana por Rosa Campusano, una sensual guayaquileña de ojos celestes.

Después, navegó a Europa soterrando su deseo de culminar su paso terrenal en su chacra mendocina. Intentó volver a Buenos Aires, pero ni siquiera desembarcó. El hombre que había elegido la lucha superior por la independencia desechó mezclarse en las parvedades de la menor que discutía con sangre miserias internas. Las mismas que acababan de llevarse la vida de Manuel Dorrego fusilado por Juan Lavalle.

Es notable, pero el prócer máximo de la argentinidad, apenas vivió poco más de 11 años en estas tierras. El resto de su existencia se repartió entre España, Chile, Perú y Francia. Ni siquiera nació argentino, como no lo era nadie que hubiera visto la luz de este suelo 32 años antes de la Revolución de Mayo, punto de partida de la nacionalidad.

Murió tres años antes que el país sancionara su primera Constitución. Para llegar a ella, habían sido imprescindibles héroes como San Martín.

POR Hernán Sotullo, Periodista y Escritor