
Escribe Hernán Sotullo
De vendedor callejero de ciruelas y flores, de la quinta de su abuela, a cadete de una escribanía; de empleado de la compañía de seguros “La Primera” a propietario de un corralón de muebles y objetos usados y martillero; todas etapas preliminares antes de emerger Abel Estévez como el más notorio dirigente y conductor del peronismo de Trenque Lauquen de las últimas décadas.

Fue el segundo de cuatro hermanos. Hijo de Juan, empleado municipal, y Rosa, ama de casa. “Mi padre se hizo la casa a empujones – decía – porque entonces no te daban nada, y hasta que pudo hacer los pisos, dormíamos en la tierra”.
“Muchos no me creen cuando les digo que para nosotros abrir un tarro de duraznos era sólo para el festejo del fin de año. Era así, no les macaneo”.
“Juntábamos huesos y vidrios, y después de venderlos, con ese dinero nos pagábamos la entrada del cine para ver las películas de cowboys que daban los lunes”.
“Todos los años le pedía a los Reyes una bicicleta, pero apenas me dejaban una pelota de goma y un papelito que me decía que el año próximo me traerían la bicicleta con la que soñaba. Ya más grande quería tener un sobretodo, y lo tuve, pero a los pocos días pasó un viejito pobre tiritando de frío, y se fue con mi sobretodo”.

“El fútbol fue el pasatiempo preferido en el barrio, en la calle y hasta la noche. Llegamos a formar un equipo imbatible que lamamos “El Taladro”. Yo era del montón, pero alguna picardía tenía. Después jugué en Monumental”.
“Si me reencarnara volvería a vivir en el barrio donde nací, porque uno comparte más y entiende mejor los problemas de la gente dentro de un barrio”.
Uno de los dirigentes gremiales por el que mayor admiración profesaba fue Saúl Ubaldini, a quien deseaba fervientemente conocerlo. Un amigo trenquelauquense, logró que lo recibiera durante media hora en la oficina que ocupaba en el edificio de la calle Azopardo de la Capital Federal, desde donde ejercía el cargo de Secretario General de la CGT. Salió emocionado. Le reconocía su peronismo acendrado, su origen humilde, y su conducta apartada de cualquier eriquecimiento espurio. Casi que lo veía como su espejo. El sindicalista – una rara avis en la constelación gremial – murió pobre, al punto que sus amigos debieron pagar su entierro.