DE BOLICHE EN BOLICHE: POSTAL DE “EL TROPEZÓN”, EL MÁS ANTIGUO

Las pulperías existieron a campo abierto donde el gaucho, en la inmensidad y soledad de la pampa, encontró su lugar de esparcimiento, para charlar, jugar a los naipes o a la taba, comprar yerba, tabaco, o velas, participar de alguna guitarreada, e indefectiblemente beber, a veces tan copiosamente, que no en pocas ocasiones, encendieron la mecha de un cruce de cuchillos.

Fue el antecedente que se trasladó a los pueblos con el nombre de “boliches”, de los que hoy casi no quedan, pero que en su momento florecieron en diversos sitios de las ciudades, e incluso eran puntos de referencia cuando alguien preguntaba por alguna dirección, y se le indicaba el rumbo a partir de determinado boliche.

Han quedado en la historia de Trenque Lauquen, y en la memoria de viejos frecuentadores, el de Ríos, en Simini y Vignau; Frutos, de Monferrand y Oro; “El Pingüino”, Uriburu, entre Urquiza y Monferrand; el del “Cheto” Barella, en Urquiza al 800; Badino, frente a los galpones del ferrocarril; y “El Sapo”, en Quintana y Derqui, donde solía recalar haciendo alarde de sus habilidades, el mítico bandoneonista Emilio Monsalvo, más conocido como Flores.

También “El Rincón de los Amigos”, en Gobernador Irigoyen casi Llambías, de Carlos Barella, de quien se cuenta, una puñalada lo dejó rengo; el de Candia, en la calle Paso; Solito, en Pellegrini y Sáenz Peña, “La Estancia”, donde hoy se halla el “Bar Quique”, explotado por el abuelo de Los Indios Tacunau; “La Enramada”; y el de Airolde, entre tantos.

Cada uno de esos boliches, término con que hoy los jóvenes también han bautizado sus lugares de diversión, interrumpidos por obra de la pandemia de coronavirus, hasta merecerían una nota aparte como fuente inagotable de anécdotas y desfile de pintorescos personajes y artistas aficionados, que de “oído” nada más improvisaban cualquier melodía como si estuvieran leyendo en un imaginario atril el pentagrama.

UÑAS DE GUITARREROS

violas
De izquierda a derecha, Ressia, Bouchet, Medina y Nelson Carreño, guitarras bolicheras

En ese ambiente se repiten, entre otros, los nombres guitarreros de Domingo Tacunau, y sus aún pequeños hijos Nelson y Cacho, cuyo bautismo de fuego se dio en ese origen bolichero; Santos “Zurdo” Ressia, Adolfo Bouchet, Tolo Folco, Satti, un guardahilos que murió trágicamente al caerse de un poste telefónico, el “Negro” Cerezo, y el “Ciego” Talarico, cuyo apodo aludía a su condición de no vidente, y a pesar de ello, realizaba malabares con el instrumento, al que solía pasar por sobre su cabeza, y ejecutarlo detrás de su espalda.

tacunau
Domingo Tacunau, otro baluarte bolichero, padre de Nelson y Cacho

Pero quizás, el más antiguo, vehículo de ese pasaje entre el campo y la ciudad, fue “El Tropezón”, donde en 1916, en la esquina las calles Tala y Lucía B.de Pastor, se estableció José Belardo, un italiano que terminó amando a este país, y por eso, con el tiempo, adoptó la ciudadanía argentina.

Había elegido ese lugar – boliche al frente y casa de familia detrás – ya que allí, aún un descampado sin fronteras a la vista, habitualmente se corrían las carreras cuadreras, muy relacionadas con la tradición gauchesca, que consistía en una disputa entre dos o más caballos que tomaba esa denominación porque una cuadra era la distancia a recorrer. Pensó entonces que el negocio podía augurarle fértiles ganancias despachando bebidas, cigarros y comestibles a los entusiastas concurrentes.

Amagó, en un momento, no ser tan auspicioso, cuando se produjo una fenomenal trifulca en medio de una diferencia de criterios en la llegada de una carrera, incidente, que como derivación inmediata determinó la prohibición definitiva de las cuadreras en el lugar.

Pero Belardo no se desanimó. El lugar seguía siendo estratégico, ya que era un paso obligado para llegar a la ciudad desde la zona rural de Martín Fierro, y sobre todo, por el arribo de las tropas de hacienda con sus reseros rumbo a las ferias, y más adelante para ser faenadas en el Frigorífico Regional.

Y precisamente por interrumpir ese camino, los parroquianos comenzaron a llamarlo “El Tropezón”,- aunque algunos le añadían la “m” previa a la “p” y era “El Trompezón” – un bautismo sólo oral, ya que curiosamente mientras Belardo fue su propietario, jamás lo identificó ningún letrero con su nombre, e incluso se cuenta que uno de sus hijos, un día se subió al techo con un balde de cal y un pincel e intentó dibujar aquel nombre, pero apenas comenzó a trazar la “E” inicial, se quedó con las ganas, impedido por la orden terminante de su padre. Don José lo prefería sin inscripciones, y apenas una línea blanca quedó luego como testimonio de aquel fallido intento.

boliche
José Belardo y Rosario Martínez, fundadores del boliche, que explotaron 6 décadas

Belardo había formado su hogar con Rosario Martínez, una española que le dio ocho hijos, que se criaron allí, aunque las mujeres tenían la prohibición hasta de asomarse al negocio como una manera de preservarlas de aquel ambiente reservado sólo para hombres, un código inapelable dentro de las rígidas costumbres de la época.

UN FIADO INCOBRABLE
Doña Rosario, pese a no haber pasado por las aulas escolares, había aprendido a sacar hábilmente las cuentas para cobrarle a los clientes que recalaban en aquella esquina, en la búsqueda de la compañía de alguna copa o de artículos de almacén, ya que el boliche reunía ambos rubros, pero más de una vez fue necesario fiar, deudas que fueron anotadas meticulosamente en un cuaderno, y que un día el matrimonio decidió prenderle fuego ante la imposibilidad de convertir aquellos números en dinero.

fachada
Una vieja fachada de “El Tropezón”

El Tropezón lucía en su exterior una fachada sin revoque, dos palenques, un par de paraísos, y adentro la escenografía  clásica de la época, piso de ladrillos y techo de madera salada, mientras que la decoración de sus paredes se poblaba con aquellas históricas hojas del almanaque anual de Alpargatas, las que alguien bautizó como “la pinacoteca de los pobres”, en las que el genial trazo del pintor Florencio Molina Campos dibujó con singular realismo gauchos y caballos en escenas de la vida de campo.

En ese ambiente, los paisanos se reunían en torno a una copa confidente, que podía ser de ginebra, caña o de vino de damajuana, una partida de truco, un caliente guiso carrero, cualquier otra minuta, o una simple charla, poniéndole muchas veces descanso al largo trayecto del arriero, que a veces prolongaron en un galpón anexo donde podían pasar alguna noche junto a su recado.

Refieren que cuando llegaba un arreo había que clausurar las puertas para evitar que alguno de los animales se desprendiera de la tropa e ingresara al boliche, aunque no faltó la aparición sorpresiva de una, y como resultado un vacuno se coló al interior, provocando un gran revuelo.

Años después, de allí también salían los colectivos que trasladaban a la gente a los bailes en los clubes de campo, y hasta un equipo de fútbol tomó su nombre para jugar en la categoría del ascenso en el campeonato local.

pan 2
La remozada fachada del actual Tropezón

Todo ya es historia pasada. El Tropezón hace ya cuatro décadas, cambió de dueños y de rubro. Ya no quedan ni los dos palenques, ni la marca de los paraísos tronchados en la vereda. Sólo que el nombre, al que Belardo se oponía colocarle en su frente, ahora si aparece destacado.