DESPEDIDA A UN CANTANTE POPULAR QUE TRANSFORMÓ LA ALEGRÍA EN ARTE

La muerte, que no discrimina, mostró una vez su descortesía al llevarse la vida, a los 74 años, del Negro Heraldo Orozco. Graduado de cantor popular, la mayor condecoración en la carrera de un artista, que desarrolló durante seis décadas para ennoblecer desde los escenarios al género tropical. Sin necesidad de imitar a nadie, Heraldo fue inventor de su propio estilo, sólo se pareció a sí mismo.

Su vocación fue tempranera. En la escuela primaria amanecieron sus primeros escarceos vocales, que se agigantaron con el correr de los años, durante los que dejó sus huellas en “Los Embajadores del Ritmo”, “Los Rítmicos”; “American Jazz”; “Los Dados Negros”; “Fórmula 4”, y el “Cuarteto Palmera”, hasta llegar a su última etapa, sólo con su micrófono, su carisma, y sus pistas.

Pero hay una enorme virtud que nunca aparece escrita en sus antecedentes: el “Negro” Orozco fue un buen tipo, y en su currículum, eso también debería computarse.

negro orozco canta

Lo suyo tampoco fue un logro ocasional. Detrás hubo un largo recorrido, subiéndose a los más diversos escenarios, a los que llegó, muchas veces transitando por azarosos caminos para cumplir compromisos y animar bailes en lugares humildes, sin marquesinas restallantes, ni bailarines almidonados, recolectando en todos el aplauso y la admiración.

También hubo de los otros, con danzarines más elegantes, y hasta aquellos en los que sus bolsillos nada recibieron por haber respondido solidariamente a tantos pedidos de colaboración, a los que nunca se negó.

A todos les cantó y divirtió, siempre con su humor y su eterna simpatía, para acumular una exitosa trayectoria, reconocida una década atrás por el Concejo Deliberante trenquelauquense, que lo distinguió como personalidad destacada del distrito.

negro y familia

Como el mismo admitía, nada hubiera sido posible sin el respaldo de su valioso tesoro familiar: su esposa Catita, su hija Silvina, igualmente cantante, hoy de proyección internacional, y su nieta veinteañera Miguelina, radicada en Alemania, también con inclinaciones artísticas.

Heraldo fue la fragua en la que se moldeó ese hilo conductor, y que hoy, al dejar este mundo, se constituye en su invalorable herencia, reproducida también en la de un pueblo agradecido.