EL PAN DULCE Y LA SIDRA PERONISTA

Hoy, la ayuda social cuenta con un sinnúmero de variantes, pero hay una que quedará como el ícono de esa mano extendida a los más humildes, un hecho que se conoció como “el pan dulce y la sidra peronista”.

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Fue a partir de 1947, durante el primer gobierno del general Juan Domingo Perón, y sucedió naturalmente para la Navidad y el Año Nuevo de ese año, cuando comenzó la distribución de ambos productos en todo el país a través de las oficinas de Correo.

Más allá de tratarse de dos componentes clásicos e insustituibles de las mesas navideñas y del advenimiento del nuevo año, al parecer para elegir el regalo se tuvieron en cuenta los gustos de las dos corrientes inmigratorias mayoritarias de la Argentina, es decir, la italiana y la española.

De ese modo se tomó lo más típico de la mesa festiva italiana, es decir, el “panettone” o pan dulce, y la bebida empleada en estas celebraciones más representativa de la comunidad española, o sea, la sidra.

Un clásico de la ciudad para esa época fueron las largas colas que se formaban desde la esquina de las calles Teniente General Uriburu y Avellaneda, donde entonces funcionaba la oficina local del Correo. La gente aguardaba pacientemente desde antes del horario de apertura de la dependencia postal la entrega del preciado regalo.

Con el tiempo, y para evitar esa espera, se tramitaron vales para las familias carenciadas, y fueron los carteros, contra la entrega de esa constancia, los encargados de llevar directamente a los domicilios el pan dulce y la botella de sidra, un reparto que podía incrementarse en el caso de grupos familiares más numerosos.

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Hay dos hechos salientes de ese período que ponen de relieve la transparencia con la que se operaba, por decisión de Eva Duarte de Perón, la esposa del Presidente Perón, constituida desde entonces en uno de los símbolos más macizos de la iconografía peronista, al punto de ser reverenciada por los suyos como “la abanderada de los humildes”.

Por un lado, tenía que ver con su labor enfocada en la atención infatigable de los más vulnerables, y por otro, en el control que ejercía hacia sus funcionarios temiendo que se tentaran haciendo un uso incorrecto de su cargo.

Por eso, en primer lugar, la entrega se hacía desde una oficina pública y no a través de las unidades básicas, para evitar cualquier manejo político, y luego, la elaboración del pan dulce, también provenía de establecimientos estatales.

En el caso de Trenque Lauquen, procedían del trabajo de internos de la cárcel de Mercedes, seguramente bajo la dirección de algún experto en panadería y pastelería, ya que el producto era de primera calidad, y hasta superior al que se vendía en los comercios locales, según comentarios de la época.

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En las etiquetas de aquellas botellas de sidra, junto a los rostros del Presidente y su esposa, sobresalía la leyenda: “Perón y Evita. A sus queridos descamisados les desean Feliz Navidad y Año Nuevo”.

Y en el mensaje que acompañaba el envío se leía: Es nuestro corazón (el de Perón y el mío) que quiere reunir en la Nochebuena, a todos los corazones descamisados de la Patria”.

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En otro tramo añadía: “Queremos estar en la mesa familiar de los argentinos. Hemos elegido esta manera, porque nos ha parecido las más cordial y digna. Un regalo, por más rico que sea, a veces ofende, pero un recuerdo cuando más sencillo que parezca lleva más amor”.

El cáncer que hostigaba a Eva Perón se desencadenó sin retorno en 1952, con lo cual aquella vocación solidaria dejaría de tener a su fundamental mentora, aunque la tradición del “pan dulce y la sidra peronista” se prolongó hasta fines de 1954. Meses después Perón era desalojado del poder por un golpe militar y la icónica costumbre nacida en 1947 se extinguiría definitivamente.