HACE 75 AÑOS, PERÓN PASABA POR TRENQUE LAUQUEN, A SÓLO CINCO DÍAS DE SER ELEGIDO PRESIDENTE DE LA NACIÓN POR PRIMERA VEZ

Hace 75 años, en Trenque Lauquen, el sol apretaba como nunca en ese mediodía del martes 19 de febrero de 1946, pero nadie se movía de la playa todavía arenosa de la estación del ferrocarril. Al fondo, un grupo de paisanos, montados en sus caballos, con banderas argentinas y algunos carteles que exponían sus míseros salarios, se sumaban a la paciente espera. En lo alto de un poste telegráfico, alguien – casi extenuado por el calor implacable – oficiaba de vigía oteando la ansiada llegada de un tren.

publico
Una multitud abigarrada esperando a Perón, a la altura del tanque de agua de la estación

De pronto, el murmullo se hizo más intenso, y se transformó en vítores y algarabía, cuando se divisó a la distancia una embanderada formación ferroviaria, que, en unos minutos, y haciendo oír repetidos silbatos, se detuvo junto al andén de la estación.

De allí emergió la figura corpulenta del entonces coronel Juan Domingo Perón, cuando faltaban sólo cinco días para que las urnas lo consagraran por primera vez como Presidente de la Nación, y Trenque Lauquen, era una de las paradas en el tramo final de su gira como candidato del Partido Laborista en competencia con un conglomerado de fuerzas agrupadas bajo la denominación de Unión Democrática.

PIQUETE BERUTENSE

Campana Peron
El cronograma que fijaba los horarios donde se detendría el tren

Como un calco se repetían aquí las escenas de júbilo ya manifestadas a lo largo de todo el trayecto, y hasta en algunos lugares, donde no estaban previstas paradas, la gente interrumpía el paso de la locomotora, como ocurrió después en Beruti, donde cruzaron un vallado sobre las vías. El maquinista no tuvo otra alternativa que detener el convoy, y Perón apareció para pronunciar una breve arenga, no sin antes preguntar a que obedecía que entre el público sobresalían mayoritariamente los guardapolvos azules, para enterarse enseguida que se trataba de los operarios de la fábrica textil GIAT.

Pero minutos antes, en Trenque Lauquen, el clima de entusiasmo corría paralelo a otro de incertidumbre, ya que el rumor que circulaba era que el tren arribaría alrededor de las cinco de la tarde con el lamento de empleados de comercio y de otras empresas, ya que algunos de sus propietarios habían amenazado con despedirlos si faltaban a sus respectivos trabajos para participar del acto en la estación, y, por lo tanto, si la llegada se retrasaba hubieran tenido que desistir de la convocatoria.

sonrisa
Perón le sonríe a quien lo aclama desde lo alto

Para alivio de todos, el tren llegó poco antes de las 14 horas, anticipándose incluso al cronograma oficial que la fijaba para las 14.45. Perón, de traje cruzado azul, atravesó el hall de la estación y afuera se subió al improvisado palco de tablones montados sobre tambores. Antes, cuando caminaba hacia allí, el que se hallaba en lo alto del poste telegráfico lanzó un estentóreo “¡Mi coronel!”, que llegó nítido a los oídos de Perón, el que levantó su mirada y le sonrió como respuesta.

LOS MUCHACHOS PERONISTAS
En ese playón atestado se confundían jóvenes que luego tallarían como dirigentes de peso en la historia lugareña del peronismo. Uno de ellos era Juan Jaime Ciglia, que con el correr de los años sería elegido en tres ocasiones como intendente municipal. Esa tarde, además, ofició de presentador en el acto. Otro, el escribano Jorge Alberto Simini, que ya integraba la lista del Partido Laborista como candidato a elector, y luego se desempeñaría como diputado provincial y presidente del cuerpo legislativo bonaerense.

boleta electoral
La boleta del Partido Laborista. Noveno, antes del final, el nombre de Jorge Simini

Pero también marcaban presencia el docente Carlos Llera, inicial Director de la Escuela de Comercio, Raúl Lucchelli, Alfredo Badino – el primer afiliador que tuvo el peronismo – Abel Estévez, quien fuera diputado provincial y aspirante a la intendencia, Ángel Tolosa – después perteneciente al gremio del seguro –  Artemio Barreiro, Erasto Achaerandio, Eulogio Corvalán, Alfredo Lalli, el panadero Francisco Vargas, más tarde concejal, Victoriano Bailón, y las hermanas Zulema y Haydeé Ressia, que tuvieron en custodia en su casa de la calle Alem el busto de Eva Perón cuando fuera derribado de su emplazamiento de Villegas y Uruguay, entre otros.

También se sumaba un singular personaje, el peluquero berutense Ernesto Razetto que se definía como el más antiguo peronista de su pueblo. Vino a Trenque Lauquen para no perderse la visita de Perón, pero cuando finalizó el acto volvió presuroso a Beruti. Es que ya le habían advertido que allí pararían el tren.

Razetto se convirtió en un fervoroso difusor del pensamiento peronista, a tal punto, que distribuía el Estatuto del Peón entre los trabajadores rurales que tenía como clientes. Cuando los patrones de estos, que también se atendían con él, se enteraron, dejaron de frecuentarle la peluquería. Consecuencia de las antinomias – a veces irracionales – en las que se ha debatido cíclicamente la historia política argentina.

MENSAJE A LOS PEONES
El acto en Trenque Lauquen se extendió alrededor de media hora. Habló primero Hortensio Quijano que acompañaba a Perón como candidato a vicepresidente, y quien definió al futuro primer mandatario como “un hombre que más que salir del Ejército, ha salido del Evangelio”.

Seguidamente, el fundador del peronismo, apelaría a su enfrentamiento con el embajador norteamericano Spruille Braden, que había tomado decidido partido e intervenía activamente de la campaña en favor de la Unión Democrática, para fijar una opción tajante: “El que no me vota a mí, lo vota a Braden”.

Enunció algunas medidas que tomaría una vez asumido, y dirigiéndose a los peones, les indicó qué debían hacer si sus patrones no los dejaban sufragar: “corten los alambrados, rompan los candados, salten las tranqueras, y si les dan la boleta de la contra, en el cuarto oscuro la cambian”.

Eva tren
Evita saluda desde el tren

Ofuscado, alguien del público, gritó “¡Mueran los de la Unión Democrática!”, respondiéndole Perón: “No, que vivan muchos años para que tengan tiempo de arrepentirse”. Mientras esto sucedía Eva Perón, permanecía en uno de los vagones de la formación, donde intercambió saludos con quienes que se le acercaron. A fines del año anterior se había casado con Perón, por civil en Junín, y por iglesia, en la de San Francisco, en La Plata.

Han quedado numerosas anécdotas de aquella única vez que Perón pasó por Trenque Lauquen, hasta algunas humorísticas, como la de aquel empresario que esperó en la puerta a cada uno de sus empleados para ir señalándolos risueñamente: “vos estuviste en la estación, vos no, vos si, vos no”, y así sucesivamente. El método para identificarlos había sido muy sencillo. El que denunciaba su rostro enrojecido no podía desmentir su presencia en la estación, después de estar varias horas expuesto a los inclementes rayos solares de esa calurosa tarde de verano.

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Perón se despide desde el último vagón

Perón y su comitiva regresaron al tren. Le quedaba aún devorar unos cuantos kilómetros de rieles para llegar a Buenos Aires, a tan sólo cinco días de que el voto popular lo encumbrara como nuevo Presidente de la Nación. A partir de allí, el país comenzaría a ser alumbrado por una nueva realidad política, y Trenque Lauquen había sido testigo de sus pasos preliminares.