MISA CRIOLLA EN BARRIO: PARA PADRE JUAN, “NOS PRESENTARON A UN DIOS CERCANO, SIMPLE Y BELLO”

El cura párroco redactó una carta en la que relata las emociones al compás de los trazos de la obra. Confiesa que se emocionó hasta las lágrimas. Y que “Dios se hacía presente en medio de las luces y los colores, los sonidos y los silencios”

POR JUAN PELLEGRINO

CURA PÁRROCO DE TRENQUE LAUQUEN

misa1El domingo 10 de noviembre el club Barrio Alegre nos ofreció uno de sus espectáculos a los cuales nos tiene acostumbrados: espectáculos de nivel musical y cultural de valor incalculable. En este año pudimos asistir a la presentación de la misa Criolla y de la Navidad nuestra, obra culmen del músico y compositor Ariel Ramírez. Una obra musical y litúrgica de un valor incalculable en la historia de la música litúrgica en la Argentina y en el mundo entero. El gran compositor argentino nos ofrecía, al mismo tiempo que culminaba el Concilio Vaticano II, una obra que asimilaba y asumía toda la enseñanza de magisterio conciliar: una misa que tomaba los ritmos musicales de nuestro país y cantada en nuestra propia lengua. La obra (letra y música) son de una calidad propia de las obras inspiradas en donde el ritmo de nuestra patria parece asumir una letra litúrgica (la letra de la misa: el Señor ten piedad, el gloria, el credo, etc.) de un modo nuevo e inspirado. Pero una obra en donde la letra litúrgica aparece con ropaje argentino.

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Esto lo pudimos constatar al escuchar la interpretación del coro Mester de juglaría que bajo la dirección de Laura Carabelli nos presentó una misa criolla que sobresalió por la delicadeza de sus ritmos, la claridad de sus voces y calidez de su interpretación. Allí en un diálogo casi místico se entremezclaban los solistas y el coro con una fluidez digna de ser escuchada. En esta obra de sabor trenquelauquense no podemos dejar de nombrar la interpretación musical en donde los instrumentos, sobretodo el piano, fueron los que nos iban  introduciendo de manera admirable en aquello que se nos proponía contemplar ya sea en la misa o en los maravillosos Villancicos de la Navidad nuestra. Fuimos testigos de un folclore interpretado con una técnica y una calidad propias de las grandes presentaciones.

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Pero esa obra, que es un hito histórico en la música litúrgica argentina, se vio iluminada y explicitada por el Ballet de Club Barrio Alegre. En efecto, con el respeto que se merecen todos los artistas, la coreografía del Ballet fue tan litúrgica como su letra, su danza tan sagrada como la misma misa compuesta por el maestro Ramirez. Un Ballet de pies descalzos que nos hacían recordar a ese Moisés joven que al encontrarse con Dios se saca el calzado. Todo el Ballet bailó descalzo cada composición como recordando aquel sagrado respeto por lo que estaban realizando. Es que realizar una coreografía en algo tan sagrado como la liturgia o el misterio del nacimiento de Jesús merecía acercarse descalzos. Los pies descalzos de los bailarines nos hablaban de ese maravilloso acontecimiento que celebrábamos en medio del Club: Dios se hacía presente en medio de las luces y los colores, los sonidos y los silencios. Él, como en aquella noche sagrada de Navidad, en esos ritmos y danzas se hacía uno de nosotros.

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El Ballet parecía ser compuesto por el mismo autor de la música, es más casi llegue a pensar que esa coreografía podría ser parte de algún libro litúrgico. Sus danzas, sus movimientos, el vestuario, los rostros nos llevaban de la mano a algo que salía de lo común: ellos estaban presentándonos mediante su danza algo sagrado. Los accesorios como los velos negros en el Señor ten piedad o el paño celeste en el villancico “la peregrinación” fueron tan bien logrados que deseábamos que nunca terminaran. ¿Qué  más penitencial para el Señor ten piedad que un velo negro que cubría las caras de los bailarines? ¿Qué más glorioso que descubrirse el rostro para escuchar el “Gloria”? ¿Qué signo más acertado que esa “procesión con la custodia” en el “Cordero de Dios”? ¿O que mejor signo que las estrellas danzantes en la canción de los reyes magos?

Cada movimiento de los bailarines nos hacia vislumbrar el misterio que contemplábamos con esa letra y escuchábamos en nuestra propia música.

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Como sacerdote debo decir que ese espectáculo me ha impresionado hasta las lágrimas. Su música y su coro penetró en lo más profundo de mi ser, su danza y sus coreografías me trasportaron a un altar sagrado en donde, desde la presencia del Dios nacido en Belén hasta la presencia de Jesús en la misa, tomaba ritmos y formas propios de nuestra cultura.

Nos presentaron un Dios tan cercano, tan simple y tan bello que nos hizo estallar en un cumulo de sensaciones y en un aplauso estridente que pudimos expresar en la conclusión de la obra.

Gracias infinitas a los músicos y coreutas, al Ballet y a todos los que hicieron posible esta obra maravillosa. Que Dios los recompense por tanta belleza ofrecida.