El periodista suele concentrarse en elaborar el más completo currículum de tal modo que resulte atractivo por la lectura de sus logros a su potencial empleador. Sin embargo, las virtudes que deben vestir al mejor profesional no están escritas allí.
En primer lugar, y aunque parezca una perogrullada, corresponde hacer periodismo como un fin en sí mismo y no como un instrumento para lograr otros objetivos, que llegan bajo la tentación de prebendas, pautas publicitarias y otros “incentivos”, disfrazándolo de meros operadores. Para el buen entendedor significa que los únicos destinatarios de nuestro trabajo deben ser los consumidores de noticias, sin que nada lo prostituya.
En tal sentido, surcan desde siempre definiciones como aquella que sentencia que el periodista debe ser fiscal del poder y abogado del hombre común, o que la práctica profesional debe orientarse a acomodar a los incómodos e incomodar a los cómodos. O tal vez aquella que en su momento acuñó Horacio Verbitsky: “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar”, o la del mítico “Crítica” que se exhibía como “un tábano” sobre la sociedad.
El periodismo es una artesanía, un oficio que se aprende ejerciendo. Y como también es buena la autocrítica, hay que reconocer que en ese camino solemos equivocarnos. Por eso en el ambiente circula un chiste que se pregunta por la diferencia existente entre un cirujano y un periodista. La respuesta es que el médico entierra sus errores; el periodista los publica.
Los periodistas somos los únicos que nos exponemos a que nos elijan todos los días. Lectores, oyentes, y televidentes se convierten en implacables auditores, y los primeros en avisarnos de nuestros traspiés. Debemos ser cuidadosos en nuestro celo profesional, porque de lo contrario la pérdida de credibilidad se alzará como el gran castigo.
El periodismo, finalmente, es un compromiso ético, y quien lo ejerce sólo ofrece su fuerza de trabajo, y en ella, está contenida su información y opinión sagradas, aquellas que no están en venta ni en alquiler para nadie. ¡Feliz día para todos los que desarrollan con nobleza el arte del periodismo!
POR HERNÁN SOTULLO – Periodista – Escritor – Parte de la familia de DATATRENQUE