UN CLUB DE AMIGOS Y BROMISTAS QUE HASTA CONSUMARON UN VELORIO TRUCHO

En pleno centro de la ciudad, durante casi 30 años, funcionó El Círculo, un club a cuyos integrantes los reunía la amistad y la diversión, que extendieron a veces en pesadas bromas.

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Letra de la célebre ranchera “La Enredadera”, nacida en El Círculo

Hubo de todo, como una sala mortuoria para velar el cuerpo de un supuesto fallecido, el ingreso de un puma, el engaño de un asado con carne de potro, y bailes alrededor de la plaza, pero también allí nació el Club de Leones y la célebre ranchera “La Enredadera”, que popularizaron “Los Kcocho Massi”.

En Trenque Lauquen, nació a principios de la década del ’40, un club al que denominaron “El Círculo”, definido en su momento por los muchos que lo frecuentaron como “la capital de la amistad”, ya que allí enfatizaban que se hacía una real ofrenda a ese sentimiento.

También a lo largo de su permanencia de casi tres décadas – puso fin a su historia avanzada la década del ’60 – estuvo teñido de pintorescas anécdotas y disparatadas ocurrencias que terminaron galvanizando aún más esa camaradería no exenta de complicidades en torno a la broma y la jarana, otra de sus características distintivas, remarcada en la expresión de uno de sus antiguos habitués que “solamente allí es posible encontrar las cosas que ocurrieron”.

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Hasta armaron un equipo de fútbol para un desafío en la vieja cancha de Argentino


Otra de sus particularidades refiere que jamás tuvo comisión directiva ni sede propia. Funcionó en la casa que fuera del doctor Pedro T. Orellana, en la calle Uruguay, entre Villegas y Roca, la que a su fallecimiento pasó a sus sucesores, entre ellos el menor de sus cinco hijos, el doctor Raúl Orellana, el que un día decidió concretar su viejo sueño de construir una clínica, la que levantó en el lugar. En la actualidad funciona allí el edificio de las Fiscalías del Departamento Judicial de Trenque Lauquen.

Cuando hubo que desocupar esa casa para dar paso a la piqueta y al nacimiento de la clínica, El Círculo, que jamás pagó un peso de alquiler como otro rasgo de la bohemia relación que unía a dueños y parroquianos, se mudó enfrente. Fue el preanuncio del final de una crónica labrada durante casi treinta años, y poco después bajó el telón. Lo que había sido pura diversión mutó progresivamente hacia la opuesta pena de su final de ausencia.

ISMAEL, EL PREFERIDO

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Ismael Pérez, el cantor favorito en el club

Antes quedaron encerrados entre sus paredes inolvidables recuerdos. Se podía jugar billar, casín, dominó, ajedrez y naipes, en cualquier momento del día, mientras que por la noche siempre había un motivo para festejar con algún asado u otra comida, prolongando un horario sin relojes, cuyas agujas eran sólo la mirada somnolienta del conserje Sumariva, esperando pacientemente el fin de la velada.

También fue un imán para el desfile de músicos y cantores variopinto, incluso quienes arribaban a la ciudad contratados para animar algún espectáculo. Pero ninguno pudo desplazar a Ismael Pérez, tenido como el favorito, que era subido a una mesa de billar para que desde ese privilegiado palco entonara su clásico repertorio gardeliano.

Santiago Etcheto, a la sazón gerente del Banco Nación, solía interpretar algunas melodías desde el piano, y así creó impensadamente, deslizando sus manos sobre el teclado, la después célebre ranchera “La Enredadera”, a la que también dotó de letra, y que alcanzó notoriedad nacional, cuando el conjunto folklórico local “Los Kcocho Massi”, la incorporó a su repertorio y grabó más tarde.

No faltaron tampoco las piñas, pero no entre los asistentes. Fue con el patrocinio del ya fallecido actor Pedro Quartucci, que antes fue un destacado boxeador, al punto de lograr medalla de bronce en la categoría liviano en los Juegos Olímpicos de París, en 1924. Quartucci, quien se hallaba ligado por lazos familiares a uno de los habitués, organizó festivales con peleadores que traía de la Capital Federal y otros locales y de la región, los que dirimieron varios combates arriba del ring armado en el interior del club.

DOS PICOS DE ORO

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Otro momento festivo: Davis (izq) y “Bocha” Odriozola (der), entre ambos Serra, de blanco

Nunca un ambiente de silencio, siempre festivo, donde la buena fortuna en el juego solía acompañarse con voces más altisonantes, y la alegría trasportada por un buen vino o ginebra podía transformar en sabio a cualquiera. De hecho, habían sido comisionados dos oradores, de florido lenguaje, a los que por su fluida verba se los había ungido con la denominación de “Picos de Oro”, dispuestos siempre para cerrar cualquier ágape. Los elegidos fueron Ricardo Serra y Gregorio “Goyo” Muñiz, el que cuentan, arremetía con un “se han tendido estos blancos manteles”, para dar inicio invariablemente a sus encendidas arengas.

No obstante ser un exclusivo club de hombres de asistencia perfecta, el calendario de El Círculo le asignaba a la mujer un día, denominado como “Día de la Esposa”, en el cuál se preparaba una gran celebración con cena y baile con orquesta – en una ocasión actuó la típica del bandoneonista Alberto Mancione, artista de Radio El Mundo, y una de las más solicitadas para este tipo de eventos – flores y regalos para todas las damas, preparados dentro de una gran tinaja del que eran extraídos tirando de una cinta.

Además, fueron famosos los bailes de Carnaval, con el salón adornado con guirnaldas y disfraces alquilados en Buenos Aires, incluido un toldo de entrada y alfombra, y alguien que oficiaba de botones con su correspondiente librea para darle la bienvenida a cada uno. Y aunque se juramentaban previamente evitar el juego de agua, la promesa quedaba rápidamente incumplida y todos terminaban empapados. Se concluía de madrugada y en un reiterado ritual, bailando las parejas alrededor de la plaza San Martín.

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Un grupo de habitués del club

 
Entre las bromas urdida por unos pocos contertulios se cuenta el día que organizaron un gran asado, sólo que en lugar de carne vacuna se hizo con una de potranca, sin que ningún paladar se percatara, tanto que se hartaron de comer, lo elogiaron como un manjar, y hasta se escucharon repetidamente los clásicos aplausos para el asador.

Pero trascendió días después, y uno de los comensales de esa noche se sintió muy afectado por el engaño siendo su respuesta inmediata la de dirigir una dura carta de protesta, que una inexistente comisión directiva rechazó por improcedente, sin darle entidad alguna a la reacción, como para no generar una atmósfera desfavorable que interrumpiera picardías futuras.

EL MUERTO QUE NO FUE
Aunque quizás uno de los episodios de humor negro más comentados de El Círculo lo tuvo como protagonista a Gregorio Muñiz. “Goyo”, tal su apodo, había sido alumno de Almafuerte, luego docente, y durante muchos años presidente de la Biblioteca Rivadavia, pero además un hombre muy divertido y siempre dispuesto a prenderse en cualquier chanza, una de las cuales fue llevar adelante una muy macabra al idear su propio velatorio.

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De izq.a der. Grippo, Davis, Játar, Irazu, Bartolomé, festejando una broma

Con la connivencia de otros habitués hicieron correr la voz de que Muñiz había muerto y lo estaban velando en el club, montando en su interior una sala mortuoria, incluido el ataúd en el centro, en cuyo interior se acomodó Goyo. Cada vez que alguno se acercaba compungido al féretro, el supuesto muerto se incorporaba, provocando con ello más de una espantada, y la risa incontenible de los demás cómplices que aguardaban expectantes el desenlace a una distancia prudencial.

Ese espíritu jocoso fue tan fuerte que incluso le fue contagiado a quienes se iban incorporando al club. En una ocasión llegó a la ciudad el “Circo Casali”, uno de cuyos dueños comenzó a frecuentarlo, y una noche, estando colmado el local, ingresó con uno de los pumas del circo. El desbande fue general.

También hubo gestos solidarios, como el de reunir dinero para solucionar alguna contingencia a alguien que requería de esa ayuda, y allí se dio comienzo a las charlas para constituir el Club de Leones.

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De izq.a der: “Torero” Orellana, “Masica” Martín, Alejandro y Raúl Orellana, Rovaro, Suárez y Játar

Una lista incompleta de sus concurrentes incluye a Héctor Micheo, el odontólogo Cornejo Córdoba, Los martilleros Héctor Achaerandio y Luis Odriozola, Alfredo y Cacho Cibeira, Nilo Sartoris, Alejandro Collado, “Masica” Martín, Alejandro, Raúl y Adolfo “Torero” Orellana, “Toto” Grippo, Armando Davis, Raúl Bartolomé, los escribanos Rodolfo “Fito” Játar y Horacio Irazu, Roberto Martín, Santiago Giovanardi, Eladio Merino, Luciano Otero, y el doctor Juan Carlos Rovaro.

Frases que dejaron instaladas algunos de sus devotos asistentes, tales como “era como ir a la casa de un amigo” o “fue un lugar de garufas muy grandes” sintetizan la vida de El Círculo, testimonio también de una época del Trenque Lauquen divertido, apenas cincuenta años atrás.